Imagino a S. de pie, frente a la ventana;
enfrentando, sin fuerza, un horizonte que la rehúsa.
Sus ojos infinitos, drenados por un porvenir que no ve,
que no la ve.
Sus brazos, colgándoles como lianas,
a ambos lados del cuerpo.
Su lengua quieta, impedida al llanto arcilloso,
que de todos modos brota,
como si sucediera en otro planeta.
Y, en el fondo de ella, perdido en el amasijo de entrañas,
un corazón que ya no late; detenido de pena,
del horror de la incomprensión y de soledad.
Sí, ya no hay palabras que crucen la infinitud geográfica;
No hay gesto que cabalgue la brisa salada.
Aún así, supongo,
que llega el sonido,
apagado como estadio vacío,
abrazado a un lamento pantanoso y antiguo
y logro escucharla.
Proyecto, como en una suerte de sueño, una puerta que no abre.
Tras ella, S. inmóvil,
atragantada por el cuervo azabache que aletea insistente,
picoteando la misma tonada;
justo allí,
en el medio,
tras su nariz afilada,
en la bifurcación del tiempo,
clavado en el universo.
Sin embargo, la pienso serena, esperando, entregada a una suerte
que no admite tener.
Y entonces desecha -a último momento-, el graznido púrpura del ave.
Un dolor de engranaje le perfora el alma,
la desangra, lento,
infinitamente.
Espero a que llegue el susurro
(que nunca llega);
invento que tomo su mano fría, invadida de cansancio;
que palpita su cuello, bajo el mechón de cabello oscuro y lacio;
que murmura una canción;
que por fin llora;
que se queda dormida,
justo hasta el mediodía;
hasta que el sol calienta,
hasta que ella sonríe.
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