Aura y Ogi habían pasado gran parte de la tarde en el living del departamento de la niña, tendidos sobre la alfombra, dibujando en el Cuaderno de los Sueños; aquel donde dibujaban casi todo su infinito mundo infantil.
Aura tiene seis años, una cabellera castaña clara, unos enormes ojos color ámbar, enmarcados por grandes cejas muy tupidas, algo más oscuras que su pelo, una nariz recta y ligeramente larga, una boca amplia de dientes blancos; que todavía no cambia.
Vive en el undécimo piso de un edificio de departamentos, en un barrio antiguo de la ciudad; pero toda su primera infancia vivió en la montaña, en una pequeña casa de madera y piedra, construida al estilo de un refugio, junto a un río encajonado por dos laderas escarpadas, rodeada de animales e insectos, árboles frutales y no frutales, plantas y hortalizas.
Ogi, es su perro, y tiene dos años. Conviene aclarar que pertenece a la raza de los perros de peluche. Se lo regaló su padre, una tarde en que Aura estaba enferma, en cama. Desde entonces, o más precisamente, desde la mañana siguiente, se convirtió en el más especial de sus amigos de trapo. Aunque sería uno más, igual a todos los otros, si no fuera porque su pasión es soñar. Despierto o dormido, Ogi siempre sueña. Este increíble don, lo descubrió Aura sólo un día después de haberlo conocido; al despertar, cuando Ogi le contó lo que había soñado durante la noche.
Cuando dieron las 6 de la tarde en el pequeño reloj de pared de la sala y fue anunciado por las campanadas correspondientes, Aura y Ogi -que continuaban sobre la alfombra- se buscaron con la mirada, pero se dieron cuenta de que ya estaba casi completamente oscuro allí en la sala donde dibujaban. Sus rostros apenas podían verse y sólo se distinguían con claridad los ojos de cada uno, brillantes y atentos a todo cuanto ocurría.
Por el ventanal que daba al amplio balcón, aún podían observar una delgada línea rojiza en el horizonte, hacia el sur, hasta donde se perdía la vista. Al oriente, la cima de la cordillera sin nieve, seguía ostentando cierto arrebol cobrizo que le otorgaba un aire sereno y distinguido a la vez.
Permanecieron silenciosos un breve instante; Aura observando aquella preciosa nube algodonada que, desde muy temprano, parecía dormir, casi apoyada en la cordillera, y Ogi, haciendo vanos intentos por alcanzar con sus patas el crayón anaranjado que dormitaba sobre la alfombra desde hacía rato acurrucado entre los otros colores. Y es que ambos flotaban en el aire, como si un hada los hubiera tomado en vilo y los sostuviera a unos centímetros del suelo. Se miraron, cómplices y extasiados; los dos estaban sorprendidos. Aura sonrió entusiasmada y Ogi, al darse cuenta, saltó a sus brazos asustado, buscando una protección que en realidad no necesitaba.
—Ogi, no te asustes, disfrútalo —consoló Aura a su perro, sin lograr tranquilizarlo del todo, porque éste gruñó y ladró, de un modo que la niña jamás había escuchado. Al mirarlo, se dio cuenta de que Ogi le ladraba a un arbusto que apenas se distinguía, aun cuando estaba a sólo unos pasos de ellos.
Ya casi oscurecía allí afuera también, donde quiera que se encontraran; pero no hacía frío, como podría suponerse.
La mata se movió y Ogi volvió a ladrar; esta vez, con verdadera fiereza. Aura se río; le parecía divertido que se comportara como todo un Rottweiler.
—Ya, no seas enojón, que te ves muy feo —lo regañó Aura, aún riendo y con cariño. Lentamente se acercó a la planta, observándola pero sin dejar de mirar con el rabillo del ojo a Ogi, que tenía todos sus hilos del lomo erizados, como un puerco espín.
Del arbusto, apareció un niño de unos 7 u 8 años, con la tez color canela y los ojos negros como el azabache, una oscura cabellera, larga y sedosa, sujeta por un grueso cintillo de cuero curtido. Vestía un hermoso poncho de lana gris y negra, que lo cubría hasta las rodillas y calzaba ojotas y calcetines gruesos, también de lana. Al verlo, Aura se detuvo, más con curiosidad que con algún tipo de temor. Ogi, en cambio, volvió a gruñir con agresividad, mostrando sus dos hileras de dientes de algodón, algo sucios por cierto.
—Hola —saludó Aura, con voz suave, tratando de ser lo más dulce que le era posible.
—Hola, hermana -entendió claramente Aura, aun cuando las palabras que brotaron como mariposas de la boca del muchacho -bellas y extrañas- fueron: “Mari, mari, lamngen”; una lengua, con un sonido que Aura nunca antes había escuchado. Luego, lo vio sonreír, así es que lo imitó. Ogi, por su parte, movió su cola alegremente, aceptando que el niño no era una amenaza para nadie.
Una gran luna llena, amarilla, casi anaranjada, se reflejaba cuan redonda era en la superficie del agua, a poca distancia del puente que unía ambas orillas, allí en la parte más angosta del lago. Habríase dicho que aquel líquido era aceite de oliva, de tan quieto que estaba.
Al levantar la vista, Aura vio cómo una nube solitaria y pasajera sombreaba por un momento la redondez de la enorme luna ocre que se alzaba sólo un poco más allá de la línea de árboles casi negros y muy olorosos, a esa hora de la noche.
—¿Dónde estamos? —preguntó Aura, con toda naturalidad.
—En el lago Ranco —respondió el niño, en esa lengua maravillosa que él usaba; dejando claro que no habría problemas de comunicación entre los tres—. A unos pasos de mi casa —continuó el muchacho, señalando con su mano extendida hacia el grupo de Mañíos más cercanos, que comenzaba apenas terminaba el puente, al llegar a la otra orilla. De entre éstos, a un lado de la luna brillante y sin que se pudiera determinar en qué parte exactamente, una densa y angosta columna de humo blanquecino se elevaba perezosa; tan perfecta, que evidenciaba la completa ausencia de brisa en el lugar.
—¿En el bosque? —replicó Aura, apenas inquieta; sintiendo a Ogi hundirse tras su vestido, dejando sólo los ojos asomados.
—Sí. ¿Cómo te llamas? —inquirió a su vez el niño, casi al mismo tiempo que lanzaba una piedra al lago, haciéndola deslizarse a saltos sobre la superficie más de tres veces antes de que se la tragara el aceite de oliva. El agua se agitó un instante y luego volvió a quedar lisa cual espejo, como desmintiendo lo sucedido. Aura quedó perpleja, y sólo cuando el reflejo de la luna reapareció perfectamente quieto en el lago, ella respondió, con cierta solemnidad:
—Aura.
El muchacho la miró como si lo hiciera por primera vez. Pareció pensar en algo profundo y lejano, y luego sonrió, estirando apenas la comisura de sus labios.
—Y él es mi amigo Ogi —continuó Aura, señalando el bulto en el cuello de su vestido, allí donde asomaban tímidos los ojos del perro de peluche.
Obligado por la presentación, Ogi salió de su escondite; movió la cola y, por primera vez, dejó caer la lengua a un lado de su hocico, en una expresión que, sin lugar a dudas, indicaba una sonrisa.
El niño rió decididamente, agradado por la actitud timorata del animal.
—¿Y tú, cómo te llamas?
—A mí, me llaman Pillán —respondió el muchacho, con un discreto aire de orgullo, que se notaba más en la varonil postura de su cuerpo, que en el tono de su voz. Luego, sin mediar aviso alguno, Pillán abandonó el estrecho sendero, internándose en la espesura del bosque.
Aura y Ogi quedaron en el camino, sin saber bien qué hacer. Ogi giraba su cabeza hacia el puente, queriendo indicar que lo mejor era regresar por donde habían venido, y Aura, por su parte, miraba la negrura del bosque, en espera de alguna señal.
Pasaron algunos segundos, durante los que sólo se movió, apenas perceptible, la columna de humo sobre la frondosidad de los árboles.
—¿Qué esperan? Tenemos que alcanzar a mi padre que saldrá a pescar dentro de poco —dijo Pillán, asomando sólo su cabeza entre las ramas de un Coihue.
Ogi, una vez más, saltó a esconderse en la ropa de Aura, evidentemente, sin deseos de aceptar la invitación. Aura, en cambio, de inmediato enfiló hacia los árboles, siguiendo al chiquillo, convencida de que aquella sería una gran aventura.
En medio del bosque, el olor mezclado de los árboles nativos, era tan penetrante que parecía sentirse hasta por los poros. Una gruesa capa de miles y millones de hojas y ramas en todas sus fases de descomposición, cubría toda la superficie del suelo que, a cada paso, crujía como si fuera un instrumento musical. El tupido follaje, sólo permitía el paso de delgados rayos de luna aquí y allá, haciendo de aquella zona un lugar bastante más oscuro que el resto. Pillán, caminaba de prisa y, para seguirle el tranco, Aura le tomaba una punta de su suave poncho, manteniéndose a tranquilizadora distancia.
A poco andar, escucharon acercarse unos pasos ágiles que hacían crujir apenas la fragante hojarasca.
—Es mi padre —susurró Pillán, sin darse vuelta. Y no había terminado de decirlo, cuando un hombre de ojos oscuros y pómulos grandes, gorra de lana, y poncho como el de Pillán, se detuvo delante de ellos, dejando caer junto a él una gran cesta de pilwa que llevaba colgando en la espalda.
—Te estaba esperando, Pillán —dijo el hombre, en la misma lengua que usaba el niño, y se volvió a poner la cesta al hombro, sin percatarse de la presencia de Aura y Ogi.
—¡Es que me encontré con ellos! —respondió el muchacho.
Sólo entonces, aguzando la mirada y acercándose un poco a los niños, el hombre se percató de la existencia de Aura.
—Invité a mi amiga Aura y su amigo Ogi —advirtió Pillán a su padre.
—¿Y dónde está Ogi? —preguntó, algo confundido.
Aura sacó a Ogi de entre sus ropas y se lo mostró, presentándolo.
El hombre, sonrío divertido.
—Hola Aura. Hola Ogi. Bienvenidos a nuestra primera noche de pesca.
Ambos saludaron, pero el pescador ya se encontraba, una vez más, en marcha hacia la orilla del lago.
Una angosta escalinata de piedra, junto a una gran roca oscurísima, conducía hasta el pequeño muelle, en el que estaba amarrado un bote de madera, pintado de verde; que en su proa, ostentaba el nombre ‘Lifko’ (agua cristalina), escrito delicadamente en letras amarillas.
Desde un pequeño hueco en la roca, el hombre extrajo una lámpara de aceite que encendió de inmediato; y luego, uno a uno, los utensilios de pesca, que fue poniendo con cuidado dentro de una gran canasta de quilineja.
Rápidamente, los cuatro subieron al bote. Los niños y Ogi, se acomodaron equilibradamente en la popa, mientras el papá de Pillán, se hacía cargo de las amarras y llevaba al ‘Lifko’ hacia aguas más profundas; introduciendo los remos en el agua, sin salpicar ni una gota.
La pequeña embarcación, parecía deslizarse con una facilidad asombrosa.
Desde allí, en la mitad del lago, la luna se veía todavía más grande y amarilla, aun cuando ya se encontraba bastante alta en el cielo, sin estrellas. Como un queso, recordó en silencio Aura, mientras el bote se balanceaba ligeramente, emitiendo un suave chasquido cada vez que se inclinaba de su lado.
Con los ojos fijos en un recóndito sector del lago, aquel experimentado pescador acomodó los remos en el interior del bote con tanta destreza que casi no hizo ruido. Pillán lo miraba, orgulloso.
Un pesado y cálido silencio se apoderó de la noche; y un olor húmedo y dulce, surgió de la nada. El bote quedó aparentemente a la deriva, aminorando su marcha, poco a poco.
Aura respiró profundo, como si quisiera absorber hasta el paisaje con aquella inspiración de aire puro, casi primitivo.
Repentinamente, una brisa cálida comenzó a soplar.
—Va a llover; debemos apurarnos —anunció el hombre, un instante antes de lanzar la red, que por un segundo, pareció una preciosa tela de araña suspendida en el aire, iluminada por la plata lunar. La tersa superficie se agitó un instante y, luego, volvió a quedar otra vez como mármol pulido; apenas irisada, de tanto en tanto, por los golpes suaves de la brisa que traería la lluvia.
Pillán, parecía nervioso apoyado en el borde del bote, mirando cómo la red se hundía en el agua cristalina. Aura y Ogi, observaban tratando de captar cada movimiento, cada sonido, sin perderse detalle.
—Si tenemos suerte, esta noche aparecerá… —susurró, como para sí mismo, el padre del muchacho.
Aura, miró a su nuevo amigo queriendo conseguir de éste una explicación. Pillán, de inmediato, le dijo al oído que por eso le gustaba acompañar a su padre, porque algunas noches, cuando el agua estaba tranquila, aparecía el enorme pez dorado que vivía en el fondo del lago.
—¡Un pez dorado gigante! —exclamó Aura, excitada.
—Ssshhh… —indicó Pillán, poniéndose el dedo índice sobre sus labios—. Se supone que sólo mi padre y yo lo sabemos —susurró.
Aura se ruborizó por un momento, pero de inmediato miró a su alrededor, comprobando que continuaban en el medio del lago, sin más compañía que la luna, la brisa y, si tenían suerte, el pez dorado gigante. Divertida, se lo hizo saber a Pillán, pero a él no pareció importarle, ya sólo tenía atención para las oscuras aguas del Ranco.
A lo lejos, se escucharon algunos truenos, como ladridos de perros viejos.
—Mi papá nunca se equivoca —aseguró el niño en un susurro, sin dejar de escrutar el agua.
—Allá… —señaló, en voz baja su padre, indicando un punto lejano, en medio de la nada—. Miren cómo se mueve el agua —insistió.
Efectivamente, algunos metros más allá, podía verse una especie de corriente que se deslizaba bajo la tersa superficie, produciendo cierto oleaje apenas visible en el agua.
—Es el pez… —murmuró Pillán.
—Pon atención, Ogi —dijo Aura, al oído de su perro.
Ogi asomó su fría nariz más allá del vestido de Aura, intentando ver un poco mejor. La mano de Pillán se crispó, aferrándose a la húmeda madera del borde del bote, a pocos centímetros de la argolla que sujetaba el remo. El dulce aroma del bosque cruzó la nariz de Aura como un murmullo y una brizna se lo llevó, casi de inmediato, antes de que ella tuviera tiempo de disfrutar realmente su delicado olor, mezcla de tierra, hojas, animales, insectos y agua. El bote, por un instante, permaneció en silencio, como si quisiera ayudar a la concentración. Y todo, excepto la invisible corriente bajo la superficie del lago, se quedó inmóvil, más allá de lo posible, para que, en ese preciso instante, y tan lentamente como sólo lo permite el sueño de un perro de peluche, surgiera de la oscuridad helada y oleosa, el enorme pez dorado, flotando en el aire; reflejando su majestuoso cuerpo, en las profundas y apacibles aguas del lago milenario. Por un segundo, que pareció por siempre, el gran pez se mantuvo suspendido a más de un metro y medio de altura sobre las cabezas de los niños y de Ogi; y su enorme y casi transparente cola, hecha de una filigrana más fina que el encaje más delicado, se sacudió, tan suavemente como una caricia, atrayendo toda la luz de la luna para sí, en un delirio fantástico, esplendoroso e inolvidable.
Luego, tan sorpresivamente como había surgido, el gran pez dorado clavó su cabeza en el agua y desapareció, sin dejar el menor rastro en la superficie cristalina; como si jamás hubiera existido.
Por un momento, todos quedaron tan estupefactos que permanecieron en completo silencio. A Pillán, le rodó una lágrima de emoción por su mejilla izquierda, que Aura no pudo ver. Ogi, parecía verdaderamente de peluche, de tan quieto. Y Aura, sólo escuchaba los latidos de su corazón, galopando como un tropel de caballos desbocados en medio de la llanura. El padre de Pillán, se echó el poncho al hombro y volvió a tomar los remos, dando por terminado el momento de asombro. Sentenció, con tono alegre y cotidiano:
—¿Es maravilloso?
Ogi ladró y movió su cola, encantado; una vez más, con la lengua afuera. Aura, no podía ni hablar. Y Pillán, estaba tan emocionado, que prefirió sólo mirar a su padre, con profundo agradecimiento. La mano del hombre, sacudió el cabello del muchacho, en un gesto de complicidad y aceptación de lo emocionante de aquel momento. Luego, con la misma destreza del inicio, el hombre condujo el bote por las aguas del lago en completo silencio; a la espera de recoger la red llena de pescados, antes de la lluvia.
En la sala del departamento de Aura, al igual que en la de muchos otros hogares a esa misma hora, la luz se encendió.
—¡Mamá, vas a asustar al gran pez dorado! —gritó Aura, mirando a su madre que se acercaba, justo en el instante en que terminaba se sonar la última de las seis campanadas en el pequeño reloj de pared.
—Y sólo nos queda pintar la enorme luna amarilla —agregó, intuyendo que no venían buenas noticias.
—Es hora de que se bañe, señorita. Basta de sueños, por hoy —dijo la madre, tomándola en brazos, obligándola a abandonar a Ogi, apoyado en el estuche de los lápices, a un lado del mágico cuaderno de los sueños; tan quieto, que cualquiera hubiera jurado que era incapaz de moverse y, menos aún, de soñar.