domingo, 18 de octubre de 2015

Sueño de libertad


SUEÑO  DE LIBERTAD
Hacían ya cuatro días que Laura soñaba todas las noches el mismo sueño. Uno extraño, que se desarrollaba de distintas formas y terminaba siempre igual: con el convoy de un circo detenido en una encrucijada al atardecer, azotado por una tormenta de arena, en medio en el desierto; y con ella escapando de un lugar oscuro hacia una luz cegadora de tan resplandeciente; todo envuelto en el sonido de su propia voz cantando, transfigurada, como si cantara en otro idioma. Pero de aquella letra nunca se acordaba al despertar. Cada mañana se levantaba más confundida, extraviada, como si aun no acabara de salir de aquel sueño y, sin embargo, cada nuevo día se sentía más liberada, más ella misma, más cerca de la posibilidad de dejar su calvario, la pesadilla que le significaba la vigilia.
-Pareces tonta, chiquilla -le decía su madre, moviendo la cabeza negativamente, desaprobando su estado. -Esta niña parece ida -terminaba diciendo, como para sus antepasados, porque no eran palabras dirigidas a ningno de los allí presentenes, y luego seguía enjuagando una olla o le daba una nueva calada a su eterno cigarrillo mentolado.
El rostro de la muchacha lucía desencajado, ojeroso, demacrado, con un aspecto de insanidad general, que convertía su sencilla belleza en un gesto de olvido y desdicha, marcado por el presagio de una inestabilidad mental, que aumentaba por su constante repetir aquella melodía desconocida, sin poder nunca alcanzar a rememorar las palabras pronunciadas durante el sueño. Aunque ella, secretamente, tenía la vaga intuición de que al descubrirlas, cuando pudiera atraparlas, pronunciarlas, sabría la manera de recuperar su camino, el de la verdadera existencia, aquél de su libertad.
-Deja ya ese tarareo y ándate de una buena vez. Vas a llegar tarde -la correteó la madre, sin levantar la voz, y siempre como si se dirigiera a otro que había dentro de ella, o en alguna parte cercana e inalcanzable a la vez.
Pero la melodía siguió emergiendo de entre sus labios delgados -como por una voluntad propia del canto y no de la muchacha-, arrojada al aire quebradizo de la mañana, machacado por ese sol insolente de octubre, que anunciaba desde temprano que el día sería lento, doloroso y, al mismo tiempo, estéril. Casi inaudibles, resbalaban las notas hasta sus pechos incipientes y desnudos bajo el algodón gastado de su solero floreado, dejando una estela apenas perceptible en el aire, como si se tratara de un perfume más que de un sonido, como si en definitiva no terminara de abandonar a la chiquilla y esa aura desprotegida y apagada que la constituía, y se quedara revoloteando muy cerca de su piel, que olía ligeramente a tierra y a sangre seca. Sólo cuando caminaba por la calle principal, los ojos entornados, clavando en la arena la gruesa suela de aquellos bototos viejos, una talla más grande que sus pies sin calcetines, imprimiendo ligeras huellas que se evaporarían pronto, dejando una diminuta nube de polvo en el aire, volvió su mente a este mundo, el alma a su cuerpo; probablemente tironeadas por el crujir sordo de las cadenas del letrero de la carnicería, que se balanceaba empujado por el viento majadero de aquella hora. O muy seguramente, un instante más tarde, casi inmediatamente después de abrir la destartalada puerta de tablas resquebrajadas que separaba la carnicería del cobertizo; cuando oyó sin escuchar:
-Llegas tarde –casi al mismo tiempo que su pie derecho se posaba sobre la tierra suelta de ese piso oscurísimo y sin que aun hubiera logrado acostumbrarse a la penumbra del zaguán.
Dos palabras dichas serenamente, pero que retumbaban en su espíritu como un par de lobos gruñendo en la oscuridad, pues ya sabía lo que ellas significaban. Dos sencillas palabras que la detuvieron en seco. Sabía que no debía responder y no lo hizo. En cambio, tragó saliva, como quien se arma de valor, mientras sus ojos trataban inútilmente de acostumbrarse a la oscuridad, pues era imposible saber si el dueño de aquella monótona voz se encontraba junto a la puerta o en el fondo de aquella madriguera mortal. Por entre las rendijas de las viejas maderas se colaban unos rayos de luz disparejos que hacían todavía más difícil ver allí dentro. Sólo cuando los tres animales se movieron de manera desigual, Laura logró distinguir sus siluetas: el porcino y el vacuno balanceándose sincopadamente en sus respectivos ganchos; mientras que la del carnicero, más sosegada, sólo se adivinaba por su respiración ligeramente agitada y porque sólo un segundo antes había blandido el cuchillo que usaba para destazar, y su corta hoja puntiaguda brilló apenas un instante en el espeso aire maloliente, en el centro de aquel lugar. Todavía sostenía con su mano el picaporte redondo, aplastado, como una manzana silvestre, y mantenía el pie izquierdo sobre la madera sin pulir ni encerar de la carnicería, apenas doce centímetros más arriba y medio metro más atrás que el otro pie. Podía adivinar los ojos lascivos de su jefe escudriñándole su figura casi infantil traslucida bajo su delgado vestido floreado contra el rectángulo de luz grisáceo de la puerta. Se ruborizó. Mas debía esperar la orden de aquel hombre para moverse. No obstante, devolvió su pierna izquierda junto a la derecha, sobre el peldaño, adivinando, con esa intuición sólo femenina, que con ello daría paso a otro momento, reactivando el tiempo. Entonces, efectivamente, lo escuchó decir:
-Lava el piso y la mesada. Hoy habrá mucha gente: llegó carne fresca.
Pasadas las tres, ya se había retirado el enjambre de clientes, dejando sólo al de moscas, inagotable, revoloteando en toda la carnicería: sobre el mesón; sobre cada partícula de carne adherida a la madera en minúsculos puntos, transformados en una delgada capa de cadáver; entre los restos de grasa sin brillo, al fondo y al borde del basurero, ahora vacío; alrededor de la oreja y el ojo del cerdo, que miraba hacia un punto indefinido de la ventana, más allá del visillo sucio de caca de mosca y polvo que lo cubrían, filtrando a medias la inclemencia solar; entremedio de sus pezuñas definitivamente quietas de los animales yertos. De la vaca, sólo quedaban, ya envueltos en papel de diario, listos para llevar, los pedazos de Laura, o mejor dicho de su madre, y del carnicero; separados por la botella de pisco a medio vaciar, propiedad de aquel hombre torvo, transpirado y más bien obeso. La joven suspiró aliviada. Esbozó una ligera sonrisa, cuidando de esconderla al patrón; el día laboral estaba por terminar. Y aunque no había tenido ni un solo minuto para recordar su sueño y menos para fantasear con él, para intentar recuperar la melodía esquiva, prefería cuando los días eran cortos y podía retirarse temprano, casi siempre a vagar por las afueras del pueblo, cerca de la barranca que algún día debió terminar en un pequeño arroyo, en cuyas riberas habría alguna vegetación y quizás hasta ciertos animales, pero que ahora era sólo una cicatriz en el suelo muerto, en medio de la nada. Se deshizo del delantal, doblándolo cuidadosamente y dejándolo una vez más inerte, sobre la tabla, bajo la mesada; allí donde estaba el cajón con el dinero de las ventas que, esa mañana, habían sido abundantes. Un movimiento que ahora hacía de memoria y con una rapidez sorprendente y precisa, como el ataque de un espadachín, porque no le gustaba agacharse allí ni un solo instante, tal vez por haber sido ese preciso acto insignificante e ingenuo, el que la expusiera la primera vez a la brutalidad de aquel hombre repugnante y miserable. Se lavó las manos y cuando estaba a punto de tomar el paquete con la carne que el carnicero mandaba de regalo a su madre cada vez que llegaba carne al pueblo, el hombre, con sus manos aun llenas de animal muerto, la tomó por la muñeca con una fuerza desmesurada, haciéndole sentir una punzada que le electrificó hasta el codo. La miró cruda y directamente a los ojos, y le recordó su atraso de aquella mañana.
-No tan rápido, Laurita. Ahora debes quedarte un poco más. Te necesito. Ya sabes lo que me gustas después de cortar tanta carne fresca –agregó, a modo de explicación.
El rostro de la joven de inmediato se ensombreció, dando la sensación de que iba a llorar, o a vomitar, pero sus ojos no derramaron ni una sola gota y su boca permaneció cerrada.
Media hora más tarde y habiendo el hombre hecho lo que se le antojó con la muchacha, ésta salió de la carnicería, como lo hacía un par de veces a la semana: triste, cabizbaja, ausente de sí misma; con el paquete de kilo y medio de carne fresca de vacuno colgándole de una mano; y los cordones de los zapatos desatados.
Un remolino de tierra se levantó en el momento en que la chiquilla entraba a su casa. Se detuvo y lo miró por un instante, como quien mira a un fantasma, luego, entró y cerró la puerta tras de sí, sin hacer el menor ruido, empujándola contra el viento del final de la siesta.
-¿Eres tú, Lauri? –preguntó la voz de su madre, desde un dormitorio.
Laura dejó caer el paquete sobre la mesada de la cocina, espantando a una pareja de moscas que se perseguían incansables sobre el flexiplast de color rojo, en una danza extraña y aparentemente infinita. Bebió agua directamente de la llave del lavaplatos y, como si el estanque de su cuerpo hubiere estado vacío y ahora se rellenase, lloró en silencio con grandes lágrimas que recorrieron sus resecas mejillas de adolescente, medio rosadas, medio tostadas, hasta caer sobre los viejos tablones del piso, uniéndose al polvo recién llegado y huyendo de la parafina con que se trapeaba la madera sin pintar.
-¿Eres tú, hija? –insistió, la mujer.
Secó sus lágrimas con el antebrazo desnudo, dejando una marca gruesa y desigual de barro sobre la piel y sus diminutos bellos dorados y sorbeteó, silenciosa, unos mocos que casi no se habían alcanzado a formar.
-Sí, mamá, soy yo. –su voz pareció la de una mujer vieja, cansada y enferma.
Hacía ya un rato que el sol había cruzado la línea del horizonte, desapareciendo tras las extensas dunas desiertas del poniente, en dirección al mar, mucho más allá de lo que ella conocía de verdad. En sólo unos minutos, el pueblo sería apenas un recuerdo en la memoria de sus habitantes, o tal vez, simplemente, dejaría de ser por algunas horas; las mejores para Laura, aquellas en donde podía verdaderamente ser libre, aquellas donde soñaba, esas horas en que no sentía miedo, ni pena, ni asco, esas horas en que la rescataba su melodía, las imágenes de su salvación, la posibilidad de una vida mejor.
Una brisa suave y fría se levantó, despertando de su sueño a la muchacha que había estado todo ese tiempo mirando la huída del sol, como hipnotizada.
-Ya ven a comer -gritó su madre, desde la cocina, casi junto con el susurro del viento.
-Llévame contigo –murmuró Laura, a la melodía que había estado entonando nuevamente, en forma casi inconsciente, con una voz dulce, sin dejar de mirar el horizonte, ahora ya casi oscuro.  Y, por un brevísimo instante, todo se detuvo, como si se hubiera hecho un vacío en la existencia, como si el tiempo hubiera tomado un minúsculo descanso. Nada en absoluto se movió, excepto la imagen de la rueda de un monociclo, en la mente de la jovencita.
A la mesa rectangular, ya estaban sentados un hombre de unos cincuenta años, a medio camino de la calvicie, algo gordo, con el rostro desencajado por el exceso de alcohol barato y los cigarrillos sin filtro; frente a él, un muchacho de unos diez años, cuyo rostro, perfectamente pálido, hacía recordar el de jóvenes con enfermedades pulmonares; y a quien parecía pesarle tremendamente la cuchara que colgaba de sus dedos, como si no fuesen capaces de sostenerla, debiendo apoyar la mano sobre la mesa. Y entre éste y aquél, en su parte más angosta, todavía acomodándose en su silla, la madre, una mujer de edad indescifrable, que terminó en ese momento de servir el plato del hombre y se lo alcanzó. Al recibirlo, torpe, derramó parte del jugo de la carne recién frita, agregando una nueva mancha al mantel a cuadros verdes y blancos, justo a un lado del agujero, ahora ya desflecado, que dejaba ver la cubierta de la antigua mesa de melamina, también roja.
-Te vas a quedar ciega mirando el sol de ese modo, chiquilla; ya te lo he dicho, pero tú como si nada -le dijo la mujer, sin mirarla, chupándose el índice mecánicamente, calculando la nueva mancha, con resignado desprecio hacia aquel hombre que ya no amaba.
En lugar de sentarse en su puesto entre los demás, Laura siguió de largo y se apoyó en el lavaplatos, jugó un instante mojándose el dedo índice con la gota que colgaba del borde de la llave mal cerrada, y luego, llenó un vaso con agua y lo bebió, sin dejar de mirar al niño que intentaba, desesperada e inútilmente, llevarse una cucharada de arroz blanco apelmasado hasta la boca.
-¿No vas a comer? –preguntó la madre, colocando un plato en el puesto de la joven, justo en el otro extremo de la mesa.
-Ya sabes que no me gusta la carne –dijo ella, acercándose a darle en la boca al niño, que agradeció su atención con una sonrisa desencajada e incontrolada, evidenciando su discapacidad.
Los cuatro compartieron en el relativo silencio que permitían el desagradable sonido que producía el hombre al masticar con la boca abierta, y el susurro del viento, más allá de los límites de la casa, donde el mundo se había convertido en un agujero negro insondable.
-Mamá, ¿alguna vez te acuerdas de tus sueños? –preguntó, repentinamente, la muchacha.
La madre la miró apenas un segundo y luego al hombre que, como en una especie de batalla personal, continuaba mordisqueando su pedazo de carne.
-¿A qué sueños te refieres? –preguntó la mujer, sorprendida, mirándole ahora una parte de la espalda y la pantorilla, delgada y desnuda, que la joven acariciaba con su pie descalzo.
-Los que tienes cuando duermes. –respondió la muchacha, como si fuera obvio, como si no hubiera o no conociera otra posibilidad.
La mujer la miró desilusionada, casi con desaprobación.
-Ah -murmuró, como para sí misma y con un dejo de desaesperanza-. No recuerdo cuándo fue la última vez que soñé. –sentenció seca y desinteresada, recogiendo con su tenedor una porción diminuta de arroz y ensalada, que había caído sobre el mantel, aun lado del plato del muchacho.
Volvió el silencio, como un vacío que lo envolvió todo.
Cuando terminó de tragar, el hombre se sonó, pasándose la manga de la camisa por la nariz y luego, continuó batallando con su alimento, en su diminuta y personal guerra mundial. La muchacha lo miró hacer, como quien mira la televisión.
-Alguna vez tuve sueños –confesó la madre, con una voz triste. –Pero ya no los recuerdo –agregó, mirando a su marido, como si en el fondo de su corazón lo culpara a él de ello.
El hombre atacó una vez más su trozo de carne, recomenzando su lucha.
-Mamá, ¿tú crees que un sueño te salve, como un milagro? –insistió la joven, mientras le limpiaba una mancha de grasa de la boca a su hermano, moviéndole la cabeza desmedidamente, como si el cuello de aquel niño no tuviera musculatura.
Sin mirarla, la mujer largó una carcajada destemplada que llenó toda la habitación, probablemente la noche, allá afuera; una carcajada que se alargó, convirtiéndose en risa y que pareció crecer -como un mal signo- sorprendiendo incluso al muchacho, que se atoró con su saliva y comenzó a babear. El hombre, con una torpeza que denotó su implacable embriaguez y abstracción, aprovechó el instante, para sacar el pedazo de carne del plato de Laura y dejarlo en el suyo, salpicando de jugo y grasa otra parte del mantel. El cuerpo de la madre se agitó, en convulsiones cada vez más histéricas, hasta que de pronto cesó, tan súbitamente como se había iniciado, sólo quedándole un imperceptible jadeo al hablar.
-Míralo. Míralos… ¡Mírate! –dijo la mujer, con una voz triste, como si de pronto un inmenso cansancio la hubiera invadido por completo-. ¡Tal vez en otra parte. Aquí, evidentemente, no ha ocurrido!
-A veces, los sueños, requieren más que… -quiso intervenir el hombre, con una voz aguardentosa y la boca aun llena, pero fue interrumpido por una tos repugnante que casi lo bota de la silla. Todos, menos el niño, le miraron asqueados. Laura, terminó por alejarse de la mesa, dejando a su hermano frente al plato, aun lleno de comida.
-Escucha a tu padre –ordenó irónica la madre, al verla alejarse y sin pretender ayudar al hombre, que parecía que moriría de asfixia. -Tal vez él pueda ayudarte a conseguir el tuyo –concluyó.
Pero la joven ya había abierto la puerta de calle y había salido de la casa, a la oscuridad, al frío, al infinito negro del desierto.
Una melodía sencilla y alegre, dio paso a la rueda de un monociclo girando sobre sí misma en un espacio neutro y ambiguo, sus rayos plateados brillaron, produciendo un efecto de movimiento invertido; la vieja mano tatuada de un hombre anciano, tomó la de un niño o niña y la levantó hacia una nada, al infinito oscuro y silencioso, haciéndola desaparecer; un candado viejo y oxidado, se sacudió sobre una aldaba no menos enmohecida, produciendo un tac, tac, tac, completamente arrítmico; un muñequito de trapo, vestido de arlequín, que colgaba de un espejo retrovisor desde un resorte, se mecía rítmicamente frente al parabrisas lleno de tierra de un vehículo que avanzaba; una mano de niña, alisó el tutú que alguna vez fuera celeste, sobre su muslo delgado, sin medias, dejando ver por un instante sus rodillas, apenas heridas con diminutos raspones aun frescos; la letra de la canción, pronunciada con esa voz desfigurada aunque reconocible, se abrió paso entre el viento antiguo de la pampa, mezclándose con el ruido de los motores y las carrocerías destartaladas, que parecían estar aun muy lejos; y luego, en una habitación iluminada por velas, en una de cuyas paredes se podía apreciar un espejo al que habían adherido una serie de fotos antiguas en el marco pintado de blanco, y junto a las que se reflejaba una peluca de cabello negro sintético, que estaba sobre un modelo de plumavit, bastante sucio, que descansaba en el tocador, repleto de chucherías y maquillajes, de potes y papeles, de collares y cepillos de pelo, muy pegada a un cigarrillo que humeaba, olvidado, en un viejo cenicero de viaje, que probablemente nunca se había limpiado. El convoy de tres camiones, dos camionetas,  dos casas rodantes y un sedán antiguo, se detuvo lentamente hasta llegar a la encrucijada, bajo la luz dolorosa del mediodía, en mitad del desierto, dejando una extensa columna de tierra tras de sí. La luz amarilla del intermitente derecho del vehículo líder, parpadeó, envuelta también en el polvo que el viento de la pampa revolvía, con la misma imprecisión errática de aquella caravana casi fantasmal, detenida en el cruce de dos caminos que parecían no venir ni conducir a sitio alguno. Los pies descalzos de una muchacha, corrieron desesperadamente, enterrándose en la tierra suelta de un suelo oscuro, apenas iluminado por haces de luz diurna; Laura chocó contra los cuerpos muertos de los animales que colgaban en aquel cobertizo insalubre, resbaló y cayó, llenándose la cara de esa tierra ennegrecida; desesperada y a toda prisa, volvió a incorporarse y continuó corriendo; entonces, su antebrazo fue cortado por la afilada hoja del cuchillo de destazar que sostenía la mano ya ensangrentada del carnicero; hilos de sangre fresca se regaron por el suelo, dejando un denso rastro, casi ininterrumpido, en la tierra reseca; la muchacha se lanzó con todas sus fuerzas contra una de las paredes del cobertizo y el peso de su cuerpo, aunque ligero, fue suficiente para partir las tablas, permitiéndole caer al exterior, a una luz tan cegadora, que era imposible saber a dónde. La joven despertó asustada y jadeante. Al abrir los ojos, se encontró de frente con los de su madre, que la observaba en silencio, sentada en el borde de la cama; vistiendo un sombrero de color verde seco con velo abierto y un traje de noche antiguo y elegante del mismo verde, y en uno de cuyos tirantes ostentaba una flor blanca y tersa como una diminuta Cala; con una mano sobre el regazo y la otra sosteniendo un cigarrillo con filtro, recién encendido. Las dos se miraron por un largo momento, como si no se conocieran, del mismo modo en que se mira una aparición; hasta que por fin la madre se puso de pie y sin dejar de mirar a su hija, fue retrocediendo hacia la puerta y terminó por abandonar la habitación, que volvió a quedar a oscuras, como si ella tuviera una luz propia.
Ambas mujeres despertaron, cada una en su respectiva cama, cada una asustada de haber visto a la otra, cada una confundida, cada una tratando de recuperar la melodía que habían escuchado en el sueño, el sueño de Laura.
Algunas horas después, casi justo con la salida del sol detrás de aquellos cerros achatados por los vientos, cuando Laura tiraba el agua de la palangana en la parte trasera de la casa; mágica y tan sorpresivamente como habían empezado los sueños, surgieron de su boca, llenándola, y llenándole el espíritu, rozándole la piel y deslumbrándole los ojos, estallando como fuegos artificiales en sus oídos, cayendo tan sonoramente como el agua que acababa de lanzar a la arena del desierto, las palabras inalcanzables, aquellas esquivas palabras que no se dejaban aprehender de ninguna manera, ahora cristalinas y suaves y perfectamente identificables. La muchacha, primero casi se asustó, pero en cuanto las frases siguieron saliendo al aire esquivo de aquella mañana recalentada, comenzó a saltar sin dejar de cantar, sin dejar de repetir aquel verso, esa guía por fin encontrada, con su significado misterioso, pero perfecto a la vez, en ese idioma que ahora no tenía nada de desconocido y que le venía como un legado, como una iluminación y que, por si fuera poco, podía recordar:
“Si estás, escondida allí atrás, en la dulce espera de un ángel, de tu propio disfraz. ¿Por qué no soñar? ¿Por qué no aspirar a que venga por ti? Un carruaje singular, fantasía juglar, no la dejes pasar. Si has estado esperando por los siglos, verás, una estela llegar y su magia será, para ti el inicio de un mundo de sueños y una vida sin igual.”
Un día después, envolviendo al pueblo en una enorme nube de polvo, ansiedad, sorpresa y temor, el Circo Fantasías, entró a la localidad, cruzando con su convoy por la calle principal, deteniendo a todos y a todo, como si alguien sujetara las mancillas de los relojes. Los rostros de cada hombre y mujer, de cada niño y niña fueron testigos de esos otros rostros cansados, diferentes, extraños, que revelarían ante sus ingenuos y aburridos ojos, nuevos destinos, mundos fantásticos, verdades escondidas en el ámbito lúdico y recreativo y mágico de su pequeña carpa, en el lado norte, junto al cerro Abandono, protegidos de los vientos y la arena del desierto, la tarde siguiente.
-¿Podrías quedarte? -le escuchó decir al carnicero, con una voz apagada, diríase atormentada, como si en cierto modo estuviera pidiendo perdón, no tan sólo por la última vez, sino por todas las veces y hasta por esta misma, que aun ni tenía lugar. -Sólo quisiera que comiéramos un pastel… -y la muchacha alcanzó a detener un “Pero…”, que ya había detonado en su cabeza, justo antes de que resbalara -astuto- hacia su garganta y saliera despedido, cual conejo asustado, por su lengua, a través de sus dientes, para ser finalmente escupido por sus labios partidos y llegara a los oídos de su jefe que la requería nuevamente; en el preciso momento en que el convoy pasó frente a la ventana, llamando la atención de ambos, y los dos pudieron leer claramente y a pesar del visillo: “Circo Fantasías”, escrito con mucho arte en el costado de uno de los camiones; y el mismo carnicero, olvidando momentáneamente su perversidad y postergando su solicitud, se acercó hasta el vidrio sucio y descorriendo la empolvada cortina, fue también testigo, sin saberlo, del sueño de la chiquilla hecho realidad, de la llegada de su oportunidad de conocer el mar, lejos, muy lejos de allí, muy lejos de él.
Fuera de sí, Laura corrió hasta la puerta y la abrió de par en par, dejando entrar una bocanada de polvo y olor a violetas recién cortadas, y vió a los camiones y camionetas, como si fueran un gigantesco gusano colorido, hacia lado y lado de la calle principal, flotando mientras su rostro se iluminaba devolviéndole la sangre a sus labios, a las mejillas, y el brillo a sus ojos, que volvían a ser felices, después de tanto tiempo. Aun incrédula, se llevó las manos a la boca y la cubrió por un momento para luego, lentamente, dejarlas caer, al mismo tiempo que se mordía el labio inferior mecánicamente, sonriendo, medio aturdida, a punto de estallar de risa, como la chiquilla que realmente era y siempre había sido.
-Hoy no puedo. Lo lamento. Tal vez… –alcanzó a gritar, y sin medir consecuencias, repentinamente liberada, sin miedo y hasta sin respeto, salió corriendo hacia su casa, con el delantal todavía amarrado a la cintura y los cordones de los bototos muy atados.
Desde su ventana, el carnicero la vio alejarse, echa una loca, en dirección opuesta a los vehículos del circo, y le pareció más bella que nunca, como un muchachito, pero no tuvo más remedio que quedarse mirando el último camión del circo, en el que iba una mujer barbuda y gorda, con los brazos descubiertos y una sonrisa de dientes perfectos, que le miró desde la ventanilla de la cabina hasta desaparecer en la nube de tierra que la caravana había levantado en la calle principal; mientras que de alguno de aquellos vehículos escapaba, apenas audible, una melodía completamente desconocida para el carnicero:
“Si estás, escondida allí atrás, en la dulce espera de un ángel, de tu propio disfraz. ¿Por qué no soñar?...”
Sin cerrar la puerta, la muchacha entró como una tromba y se encontró de frente con su madre que la miraba, casi del mismo modo que lo hiciera en el sueño, como si no hubieran despertado desde entonces. Se detuvo en seco, primero sorprendida y luego asustada. El cigarrillo de su madre estaba humeando sobre las tablas del piso, como si sus dedos sin fuerza lo hubieran dejado caer allí; sus dos brazos colgaban a los costados del cuerpo, como hilachas y solo el pelo y su vestido se movían empujados por una repentina brisa que parecía haber entrado junto con la muchacha. Así estuvieron dos minutos enteros, una frente a la otra, como en un duelo, la joven todavía jadeante y la madre como un fantasma. Por fin, la muchacha reunió el suficiente valor para romper el hechizo.
-Mamá… -alcanzó a hilvanar, pero de inmediato fue interrumpida por el trueno de la voz materna, que sin embargo no gritaba, ni siquiera hablaba realmente fuerte.
-¡Ni se te ocurra! Te necesitamos aquí. Tú bien lo sabes.
-Pero, mamá, sólo quiero ir al circo. Todo el pueblo estará allí.
-Menos tú. –sentenció, severa y se dio media vuelta, dando por terminada la discusión.
La muchacha salió corriendo a su habitación y se encerró a llorar, tirada sobre la cama, hundido el rostro en la almohada de espuma plástica picada, ahora apelotonada y dura.
Laura y su madre se columpiaron sonriendo, cada una en su trapecio, sobre las cabezas de un numeroso público que se reunía alrededor de una pequeña pista de arena, demarcada sencillamente con un redondel de plástico rojo y celeste. Ambas vestidas de malla color violeta oscuro, con sus cabellos tomados en firmes “tomates altos”, amarrado con una cinta gruesa de brillos dorados. Sus cuerpos iban y venían en el aire viciado por el humo azuláceo de los cigarrillos, en la parte alta de la carpa, también roja y celeste; iluminados por seguidores de luz blanca, lo que las hacía contrastar y destacarse en el firmamento circense, relativamente oscuro; saludando a la multitud, con una mano en alto y una sonrisa amplia y perfecta, como sólo lo hacen las artistas de calidad; yendo y viniendo, para conseguir el vuelo necesario, para atrapar la completa atención de todos allá abajo; hasta que dejaron caer sus cuerpos al vacío, sujetándolos con las piernas, como a último momento, en las barras de los trapecios, consiguiendo una breve y repentina agitación de los presentes, que tal vez imaginaron una lamentable caía. Dándose cada vez más vuelo, en cada nuevo impulso, parecía que las manos de las mujeres lograrían encontrarse, o al menos rozarse, hasta que por fin, Laura se suelta, lanzándose al aire, con dos giros perfectos de su cuerpo echo un ovillo, pero su madre, increíblemente y ante la sorpresa y conmoción de todos los presentes, vuelve a sentarse en el trapecio, saludando a la concurrencia, en el instante preciso en que las manos de la niña demandaban las suyas, dejándola caer a su suerte desde la altura, ante la incredulidad y el “Aaaaah”, descorazonado, de un público angustiado.
La joven despertó aterrorizada y sin oxígeno en los pulmones, pero todavía en su cama; la almohada y el cubrecama, completamente mojados. Cuando trató de levantarse, advirtió que tenía un pie amarrado a la pata de la cama con un cordel suficientemente largo para que pudiera moverse, pero demasiado corto para salir de la habitación. Pudo adivinar que el último rayo de sol se estaría poniendo en ese mismo instante tras el horizonte de un mar que desconocía, al que jamás había ido, pero que podía imaginar más allá de las dunas, ondulante y movedizo como éstas, frío y azul, como su pena. Abrió la puerta de su habitación y le gritó a su madre, a su padre, a su pequeño hermano, pero nadie respondió; estaba completamente sola en aquella casa y seguramente así estaría hasta que el circo se hubiera ido. Le gritó a su madre que deseaba que se muriera y que jamás la perdonaría; le gritó también que prefería morir a seguir allí, en esa familia que no la quería. Los odió a todos. Volvió a llorar, todavía jadeando, y susurró, entre mocos y convulsiones, que quería morir, que no quería que la siguiera tocando ese animal, que quería ver el circo, que era verdad, que quería irse con ellos, que prefería unirse a ese circo, porque representaba su única manera de salir de la pesadilla en que la habían abandonado, porque ellos le permitirían recuperar la fe y su felicidad.  Por primera vez en su vida, se sintió verdaderamente desolada, triste y sin amor. Por primera vez en su vida, deseó, con toda su alma, que el Señor se la llevara. Extendió su brazo casi sin fuerza, para empujar la delgada hoja de la puerta y ésta encajó en el marco, produciendo un suave crujido seco al cerrarse; luego, se dejó caer sobre las tablas sin asear y, una vez más, lloró, en silencio, para sí misma, con infinita tristeza, llena de amargura.
Mucho más tarde, cuando el cansancio del llanto y la pena la habían obligado a echarse en la cama, recostada sobre sus costillas, de cara hacia la pared, las manos juntas bajo el rostro, los ojos abiertos y fijos en la imagen mil veces repetida del convoy del circo cruzando la calle principal, escuchó entrar a su familia en la casa; los escuchó contentos, risueños, todavía comentando los distintos actos de magia y trapecismo, de malabarismo y acrobacia, todavía sorprendidos y alegres, por el mago y los payasos, como si el circo les hubiera devuelto la luz y el sentido a sus vidas, pobres y deshechas, insignificantes. Laura no se incorporó en la cama, mantuvo la misma posición, sólo prestando atención a la algarabía de la cocina, al silbido de su padre, a los gimoteos de su hermano, a los por favor esto y gracias por aquello, de su madre; toda una nueva serie de sonidos y palabras que no se escuchaban en aquella casa desde que ella era una niña pequeña, con la mitad de años que ahora tenía su hermano enfermo. Sintió una amargura inmensa que le hundió el pecho y le revolvió el estómago; una desolación oscura y dolorosa que le recorrió la piel de la cabeza hasta los pies, instalándose por fin, pesadamente en sus huesos, en la médula, como un veneno. Deseó más que nunca morir, y se lo pidió al Señor, a la Virgen, en un susurro incomprensible que se derramó de su boca, como una especie de vómito involuntario, fétido y agrio.
La puerta del dormitorio se abrió de golpe y apareció su madre, con una sonrisa imborrable en el rostro, una mueca que le hacía mostrar unos dientes amarillentos y torcidos y que le daban un aspecto cruel, irreconocible. Sostenía con ambas manos una bandeja plástica sobre la que había dispuesto una serie de ensaladas y un trozo de pan, un vaso con agua y ¡uvas!, un enorme racimo de uvas rosadas, de granos grandes y tersos y brillantes como no había visto en años, como no los había comido nunca. Laura continuó en su posición, sin moverse, sin siquiera respirar, sólo aguardando, como un animal atrapado, como una bestia que espera el momento para saltar sobre su presa y exterminarla, ante la posibilidad de morir.
-Debes entender… él ya no me quiere a mí, Laura… si yo pudiera… si tan sólo yo tuviera una posibilidad… Debes comer. Te traje uvas, uvas rosadas… ¿recuerdas..?
La mujer avanzó unos pasos hacia el interior de la habitación apenas iluminada por el resplandor amarillento de la pieza contigua; dejó la bandeja en el suelo y metió su mano derecha en el bolsillo de su vestido dominguero, extrayendo una paleta de dulce, redonda y colorida.
-Te traje una paleta de dulce, de colores, de esas que vimos una vez en esa vieja revista…
Se agachó y la dejó junto a las otras cosas, sobre la bandeja.
-Debes comer… Hablé con él, también estaba allí… en el circo. Le dije que estabas enferma, que estabas con fiebre, que pronto estarías mejor… Que en uno o dos días volverías… Que no debía preocuparse…
El rostro de Laura se volvió dulce; su tristeza desapareció bajo un manto de tranquilidad luminosa y de sus labios brotó, sin ningún esfuerzo, la melodía y la letra, recién descubierta.
Entonces, con mucha calma y sin dejar de mirar a su madre con infinita compasión, tomó sus manos entre las propias y permaneció tan quieta y serena como si estuviera a punto de nacer.
El sol había desaparecido mucho antes tras las dunas, bajo el horizonte; y ahora se recortaban perfectas, como líneas oscurísimas sobre un cielo también negro, los cerros hacia el oriente. La melodía que brotaba de los labios y la mente de Laura, primero como un indescifrable susurro, se fue expandiendo, se alejó, hacia las otras habitaciones, hacia el desierto, hacia el mar, hacia la cordillera, muy lejos; como si una delicada brisa sin polvo ni mácula se la llevara, como a las semillas, como a la esperanza, esa melodía que representaba la convicción de que aun estando prisionera, era libre, completamente libre.

sábado, 17 de octubre de 2015

Resucitado


RESUCITADO

Recordaba vagamente que el órgano seguía allí; no había latido en años. Ahora parecía salírseme por la boca. Sus enormes ojos pardos se habían cruzado apenas un instante con los míos. Olía vagamente a naranjas. Viajamos casi unidos por cuatro comunas; mucho más allá de mi destino. Parecía un sueño. Hasta que bajó en alguna parte. Desapareció tras el castaño de una esquina. En la siguiente parada, también bajé. Crucé la calle y esperé, recordando su olor. Cuando pasó la 418 de regreso, ya estaba oscuro. Me senté al fondo; listo para otro millón de años: mi corazón seguía latiendo

La existencia pródiga de los desconocidos


LA EXISTENCIA PRÓDIGA DE LOS DESCONOCIDOS
Cada tanto leo o escucho a personas muy conocidas hablar de sus encuentros y desencuentros con otros seres tan conocidos como ellos. Ya sea a propósito de un festival, un deceso, o el estreno de una nueva obra, se habla de aquellas generaciones que los agruparon y de las vivencias, creaciones y reflexiones que tuvieron mientras estaban vivos. Esto se repite en la literatura, en la pintura y, supongo, en todas las artes.
Todas las veces, me pregunto, ¿qué es lo que nosotros, los que no alcanzamos renombre, ni conocimos a ninguno de aquellos que lo hicieron, hacemos por el arte?
Mi respuesta siempre es vaga y con demasiada frecuencia termina resintiendo la falta de mundo, de roce y de empeño, por lo que se tiñe de una suerte de envidia que no me atrevo a declarar abiertamente y que no me hace bien.
Hoy, nuevamente, he leído a uno de sus famosos miembros; esta vez, hablando de la importancia de la mediocridad, como puerta de entrada al maravilloso mundo de los más talentosos, de los grandes maestros.
Entonces, me volví a preguntar si acaso no era esa nuestra tarea, la misión que hemos cumplido en este mundo: ser algunos de los poetas, escritores, pintores, cineastas sin talento que han arrastrado a nuestros contemporáneos al maravilloso mundo de los que sí lo tienen; y acaso, empujado también para que ellos mismos se aventuren en aquellas artes, con la posibilidad de formar parte de uno u otro grupo.
Me hizo gracia aquel papel menor en el reparto; pero sin duda me reconfortó.
Hace también poco tiempo, recibí la epístola de un viejo amigo mexicano -del que no había tenido noticias desde hacía mucho-, en la que me decía, entre otras maravillosas cosas, que el fútbol, tal como se conoce hoy, lo habíamos inventado él y yo hace ya más de treinta años, sólo que nadie lo había notado.
Aunque me hizo gracia y, por supuesto comprendo que se trata sólo de una alegoría, yo, francamente, no puedo estar más de acuerdo con él; y me alegra que tenga el desparpajo de decirlo, sin vergüenza.
Se m vine, entonces, a la memoria, una vez más, mi antiguo e infrecuentado amigo belga –que también conocí en México-, con quien hice mis primero pasos en la cinematografía, aprendiendo sobre el trabajo del laboratorio, en blanco y negro.
Mi vida, como la de muchos de los más queridos que ha habido en ella, es una larga lista de relaciones con personas que nunca fueron o serán famosas y que sin embargo nos dedicamos con energía y talento a las mismas cosas que aquellos que sí lo han sido. De nosotros, nadie habla, pero somos la esencia o, en su defecto, el eco de lo que se ha creado en el mundo. Y supongo que, también en algún momento y de algún modo, felices de haber sido lo que somos.
¿Será esta línea más silenciosa, pero no necesariamente menos pródiga, la que nos (me) lleva a tener una especial predilección por aquellas obras que hablan, precisamente, de los hombres y mujeres simples y comunes, de aquellos que en apariencia no han hecho nada importante, de aquellos que no figuran en los libros, ni en los museos, de aquellos de los que nadie habla, a quienes nadie menciona, esas personas que pasan la vida viviendo, sin entregar una obra a nadie, excepto, el ejemplo de sus propias existencias, lo notemos o no los demás?

viernes, 16 de octubre de 2015

En el Corazón de la Semilla / Cuento infantil


EN EL CORAZÓN DE LA SEMILLA
Ricardo Harrington


El viento soplaba con fuerza aquella tarde. La semilla permanecía vigorosamente aferrada a la rama del castaño; mas en su alma, había surgido una ansiedad irreprimible: debía cumplir con su destino. Así era desde el inicio de los tiempos.
Casi justo con la llegada de la noche, un potente soplo terminó por arrancarla del árbol, llevándola hasta un tierral, a cierta distancia de donde había esperado por casi tres estaciones. A su alrededor todo parecía polvo y terrones.
Ahora todo sería nuevo. Se estremeció, inquieta.
-Ojalá llueva pronto -escuchó decir-. Las aves y las ardillas ya se han comido a muchas. Yo he tenido suerte -agregó la voz, con cierta melancolía.
-¿Quién eres? -preguntó tímida la semilla recién llegada.
-Una semilla de roble -reconoció orgullosa, la que quería que lloviera.
Los robles vivían mucho más lejos que cualquier castaño, por lo que debía haber viajado mucho antes de llegar allí. Cuántas aventuras habría pasado para que se diera la coincidencia de que esta semilla se encontrara con la de castaño y tuvieran la posibilidad de conocerse.
-¿Por qué quieres que llueva? -quiso saber la semilla de castaño.
-Porque no quiero terminar como alimento de algún animal -sentenció con algo de pesar-. Y sólo el agua puede ponernos bajo tierra -agregó, con un tono parecido a la esperanza.
-Ya entiendo -dijo la más joven, tratando de escudriñar la oscuridad a su alrededor, lo que le provocó un nuevo estremecimiento.
La noche había cubierto con su manto aquel campo y ya nada podía verse, excepto las estrellas brillando en lo alto, que parecían cercanas y muy vivas.
No había más remedio que esperar.
Por la mañana, el lugar era un hervidero de aves, roedores e insectos. Y en el cielo no se veía ni una sola nube. Era cuestión de tiempo, en cualquier momento a una de ellas, o a las dos, se las comerían.
Precisamente, una gran tórtola aterrizó muy cerca de la semilla de roble, abriendo sus alas con gran alboroto. Pero de inmediato salió volando, asustada.
Un viejo y un niño pequeño se acercaron caminando despacio y se detuvieron a poca distancia de las dos semillas.
-Estuvo cerca -susurró la semilla de roble, con algo de alivio.
-Es cierto que tienes suerte -confirmó la otra, también en voz baja.
La mañana estaba fría. Aun era temprano. El anciano y el niño vestían ropas abrigadas. Los dos permanecieron quietos y en silencio por algún momento; mirando algo que las semillas no podían ver.
-¿Tú también fuiste niño, abuelo? -preguntó el muchacho, rompiendo el silencio.
El anciano se rió de buena gana y miró con alegría a su nieto.
-Claro que sí. Igual que tú lo eres ahora, y aun más pequeño, como también tú lo fuiste.
-¿Y yo seré viejo como tú?
-Algún día, claro que sí.
El hombre miró a su nieto con tranquilidad y profundo amor y le hizo un cariño en su cabeza de cabellera negra, rizada.
-Si pones verdadera atención y miras muy dentro de ti, en tu corazón, podrás ver quién realmente eres y serás.
El niño miró al viejo con los ojos muy abiertos, sin realmente comprender. Luego, volvió su vista al frente, perdiéndola en los cerros resecos.
Entonces, el anciano se inclinó y recogió la semilla de castaño. La miró con detención por un momento y luego, haciendo un breve gesto hacia su nieto, lo invitó:
-Ven, acércate.
Al moverse, el muchacho pisó la semilla de roble con el taco de su bota, enterrándola en la tierra reseca.
-¿Qué ves? -inquirió el abuelo, pasándole la semilla a su nieto.
-Una semilla -respondió el niño, mirándola sin demasiado interés.
-¿Sólo eso? -insistió el viejo, con curiosidad.
El muchacho giró la semilla hacia un lado y otro, buscando alguna particularidad, y luego respondió:
-Sí, sólo eso.
Acercándose mucho al niño y bajando la voz, el anciano le reveló:
-Si miras con verdadera atención, con los ojos que llevas en tu interior; sin pensar en nada más, podrás ver que en el corazón de esta semilla laten las raíces, las ramas, las hojas y los frutos del árbol que será.
El muchacho miró a su abuelo con admiración y sorpresa.
Por un largo rato, el niño contempló la semilla en silencio.
En su rostro podía observarse un nuevo gesto, más profundo y, al mismo tiempo, más alegre. Luego, sonrío con cierta satisfacción. Cuando por fin el muchacho miró nuevamente a su abuelo, éste le devolvió la sonrisa con complicidad.
-Ponla nuevamente en la tierra y húndela con tu dedo. Esta noche, cuando caiga la lluvia, empezará su transformación. Y tú habrás ayudado, con un simple gesto.
El niño obedeció y enterró la semilla, a pocos metros de donde había pisado la de roble.
Cuando el muchacho regresó junto a su abuelo, el hombre agregó, con infinita tranquilidad:
-Lo mismo ocurre con nosotros, las personas; con una maravillosa diferencia: somos responsables de ese destino y podemos tomarlo en nuestras manos.
El niño miró una vez más al viejo, con una cierta convicción que no alcanzaba a comprender del todo, después dirigió su mirada hacia sus manos aun llenas de tierra. Las sacudió. Y se dispuso a disfrutar del agradable silencio de la mañana.
Los dos se quedaron largo rato mirando cómo el día se calentaba. Tan quietos, que los animales ya no tuvieron miedo de acercarse, para continuar comiéndose a las otras semillas que aun permanecían sobre la tierra reseca del campo.
FIN

Fragmentos recuperados en una carrera de tu mano / Poema


FRAGMENTOS RECUPERADOS EN UNA CARRERA DE TU MANO
Vuelve a la servilleta tu nombre / apenas legible / mojado
Tus pasos ligeros / atados a esas pantorrillas de medias antiguas
La sonrisa tan ancha y líquida como una cascada / diluida en la noche en que te fuiste
Vuelve tu voz aleteando como un lenguado en la mesada de la cocina /
Mi corazón explota / y mis ojos todavía prendidos a tu clavícula
Llueve tu cabello silencioso / como hojas de arce en otoño
Y todo parece pintado / foto de velador / cuento sin escribir
Vuelve mi mano al teclado / tu cuerpo a la sombra / mi historia al olvido
Es medianoche en Berlín / corremos en esa vereda / bajo el lienzo que ya no cuelga /
en una historia que sí es la nuestra
Florece el deseo en los árboles / lo vende el manicero en su buque
Somos dos seres lejanos /
rojos tus labios de rouge / inútil mi grito de auxilio

El amor en el tiempo / Poema


EL AMOR EN EL TIEMPO
Hubo un lugar / un origen
Tus dedos largos fueron protagónicos / flotaron / mutaron
nada ha muerto / somos
hubo hasta terremotos / tanto amor / tanto olvido
frases suspendidas de los entretechos / colgadas de las paredes
voces escondidas en los rincones
Tanta ignorancia nos creció sobre la piel / como hormigas cruzando océanos
tanta belleza / nuestras miradas cantando fortuna / las manos tocando soles /
y el mundo cayendo alrededor / torcido / empeñado en hacernos doler
Fuimos uno / tiernos / maravillados de la fruta / de la rama / soñando flores /
hubo también dolor / lenguas atadas / como peligrosos animales
hubo miradas / profundas / como pozos secos
sonrisas amorosas seguidas de helechos pisoteados
estuvimos / fuimos uno / tiernos
maravillados ante el espejo / desnudos en la inmensidad de los años lustrosos /
perfectos / cristalinos / graciosos:
nosotros /
aun sostenidos en la llanura infinita de la palabra / inmortales