SUEÑO DE LIBERTAD
Hacían ya cuatro días que Laura soñaba
todas las noches el mismo sueño. Uno extraño, que se desarrollaba de distintas
formas y terminaba siempre igual: con el convoy de un circo detenido en una
encrucijada al atardecer, azotado por una tormenta de arena, en medio en el
desierto; y con ella escapando de un lugar oscuro hacia una luz cegadora de tan
resplandeciente; todo envuelto en el sonido de su propia voz cantando,
transfigurada, como si cantara en otro idioma. Pero de aquella letra nunca se
acordaba al despertar. Cada mañana se levantaba más confundida, extraviada,
como si aun no acabara de salir de aquel sueño y, sin embargo, cada nuevo día
se sentía más liberada, más ella misma, más cerca de la posibilidad de dejar su
calvario, la pesadilla que le significaba la vigilia.
-Pareces tonta, chiquilla -le decía su
madre, moviendo la cabeza negativamente, desaprobando su estado. -Esta niña
parece ida -terminaba diciendo, como para sus antepasados, porque no eran
palabras dirigidas a ningno de los allí presentenes, y luego seguía enjuagando
una olla o le daba una nueva calada a su eterno cigarrillo mentolado.
El rostro de la muchacha lucía
desencajado, ojeroso, demacrado, con un aspecto de insanidad general, que
convertía su sencilla belleza en un gesto de olvido y desdicha, marcado por el
presagio de una inestabilidad mental, que aumentaba por su constante repetir
aquella melodía desconocida, sin poder nunca alcanzar a rememorar las palabras
pronunciadas durante el sueño. Aunque ella, secretamente, tenía la vaga
intuición de que al descubrirlas, cuando pudiera atraparlas, pronunciarlas,
sabría la manera de recuperar su camino, el de la verdadera existencia, aquél
de su libertad.
-Deja ya ese tarareo y ándate de una buena
vez. Vas a llegar tarde -la correteó la madre, sin levantar la voz, y siempre
como si se dirigiera a otro que había dentro de ella, o en alguna parte cercana
e inalcanzable a la vez.
Pero la melodía siguió emergiendo de entre
sus labios delgados -como por una voluntad propia del canto y no de la
muchacha-, arrojada al aire quebradizo de la mañana, machacado por ese sol
insolente de octubre, que anunciaba desde temprano que el día sería lento,
doloroso y, al mismo tiempo, estéril. Casi inaudibles, resbalaban las notas
hasta sus pechos incipientes y desnudos bajo el algodón gastado de su solero
floreado, dejando una estela apenas perceptible en el aire, como si se tratara
de un perfume más que de un sonido, como si en definitiva no terminara de
abandonar a la chiquilla y esa aura desprotegida y apagada que la constituía, y
se quedara revoloteando muy cerca de su piel, que olía ligeramente a tierra y a
sangre seca. Sólo cuando caminaba por la calle principal, los ojos entornados,
clavando en la arena la gruesa suela de aquellos bototos viejos, una talla más
grande que sus pies sin calcetines, imprimiendo ligeras huellas que se
evaporarían pronto, dejando una diminuta nube de polvo en el aire, volvió su
mente a este mundo, el alma a su cuerpo; probablemente tironeadas por el crujir
sordo de las cadenas del letrero de la carnicería, que se balanceaba empujado
por el viento majadero de aquella hora. O muy seguramente, un instante más
tarde, casi inmediatamente después de abrir la destartalada puerta de tablas
resquebrajadas que separaba la carnicería del cobertizo; cuando oyó sin
escuchar:
-Llegas tarde –casi al mismo tiempo que su
pie derecho se posaba sobre la tierra suelta de ese piso oscurísimo y sin que
aun hubiera logrado acostumbrarse a la penumbra del zaguán.
Dos palabras dichas serenamente, pero que
retumbaban en su espíritu como un par de lobos gruñendo en la oscuridad, pues
ya sabía lo que ellas significaban. Dos sencillas palabras que la detuvieron en
seco. Sabía que no debía responder y no lo hizo. En cambio, tragó saliva, como
quien se arma de valor, mientras sus ojos trataban inútilmente de acostumbrarse
a la oscuridad, pues era imposible saber si el dueño de aquella monótona voz se
encontraba junto a la puerta o en el fondo de aquella madriguera mortal. Por
entre las rendijas de las viejas maderas se colaban unos rayos de luz
disparejos que hacían todavía más difícil ver allí dentro. Sólo cuando los tres
animales se movieron de manera desigual, Laura logró distinguir sus siluetas:
el porcino y el vacuno balanceándose sincopadamente en sus respectivos ganchos;
mientras que la del carnicero, más sosegada, sólo se adivinaba por su
respiración ligeramente agitada y porque sólo un segundo antes había blandido
el cuchillo que usaba para destazar, y su corta hoja puntiaguda brilló apenas
un instante en el espeso aire maloliente, en el centro de aquel lugar. Todavía
sostenía con su mano el picaporte redondo, aplastado, como una manzana
silvestre, y mantenía el pie izquierdo sobre la madera sin pulir ni encerar de
la carnicería, apenas doce centímetros más arriba y medio metro más atrás que
el otro pie. Podía adivinar los ojos lascivos de su jefe escudriñándole su
figura casi infantil traslucida bajo su delgado vestido floreado contra el
rectángulo de luz grisáceo de la puerta. Se ruborizó. Mas debía esperar la
orden de aquel hombre para moverse. No obstante, devolvió su pierna izquierda
junto a la derecha, sobre el peldaño, adivinando, con esa intuición sólo
femenina, que con ello daría paso a otro momento, reactivando el tiempo.
Entonces, efectivamente, lo escuchó decir:
-Lava el piso y la mesada. Hoy habrá mucha
gente: llegó carne fresca.
Pasadas las tres, ya se había retirado el
enjambre de clientes, dejando sólo al de moscas, inagotable, revoloteando en
toda la carnicería: sobre el mesón; sobre cada partícula de carne adherida a la
madera en minúsculos puntos, transformados en una delgada capa de cadáver;
entre los restos de grasa sin brillo, al fondo y al borde del basurero, ahora
vacío; alrededor de la oreja y el ojo del cerdo, que miraba hacia un punto
indefinido de la ventana, más allá del visillo sucio de caca de mosca y polvo
que lo cubrían, filtrando a medias la inclemencia solar; entremedio de sus
pezuñas definitivamente quietas de los animales yertos. De la vaca, sólo
quedaban, ya envueltos en papel de diario, listos para llevar, los pedazos de
Laura, o mejor dicho de su madre, y del carnicero; separados por la botella de
pisco a medio vaciar, propiedad de aquel hombre torvo, transpirado y más bien
obeso. La joven suspiró aliviada. Esbozó una ligera sonrisa, cuidando de
esconderla al patrón; el día laboral estaba por terminar. Y aunque no había
tenido ni un solo minuto para recordar su sueño y menos para fantasear con él,
para intentar recuperar la melodía esquiva, prefería cuando los días eran
cortos y podía retirarse temprano, casi siempre a vagar por las afueras del
pueblo, cerca de la barranca que algún día debió terminar en un pequeño arroyo,
en cuyas riberas habría alguna vegetación y quizás hasta ciertos animales, pero
que ahora era sólo una cicatriz en el suelo muerto, en medio de la nada. Se
deshizo del delantal, doblándolo cuidadosamente y dejándolo una vez más inerte,
sobre la tabla, bajo la mesada; allí donde estaba el cajón con el dinero de las
ventas que, esa mañana, habían sido abundantes. Un movimiento que ahora hacía
de memoria y con una rapidez sorprendente y precisa, como el ataque de un
espadachín, porque no le gustaba agacharse allí ni un solo instante, tal vez
por haber sido ese preciso acto insignificante e ingenuo, el que la expusiera
la primera vez a la brutalidad de aquel hombre repugnante y miserable. Se lavó
las manos y cuando estaba a punto de tomar el paquete con la carne que el
carnicero mandaba de regalo a su madre cada vez que llegaba carne al pueblo, el
hombre, con sus manos aun llenas de animal muerto, la tomó por la muñeca con
una fuerza desmesurada, haciéndole sentir una punzada que le electrificó hasta
el codo. La miró cruda y directamente a los ojos, y le recordó su atraso de
aquella mañana.
-No tan rápido, Laurita. Ahora debes
quedarte un poco más. Te necesito. Ya sabes lo que me gustas después de cortar
tanta carne fresca –agregó, a modo de explicación.
El rostro de la joven de inmediato se
ensombreció, dando la sensación de que iba a llorar, o a vomitar, pero sus ojos
no derramaron ni una sola gota y su boca permaneció cerrada.
Media hora más tarde y habiendo el hombre
hecho lo que se le antojó con la muchacha, ésta salió de la carnicería, como lo
hacía un par de veces a la semana: triste, cabizbaja, ausente de sí misma; con
el paquete de kilo y medio de carne fresca de vacuno colgándole de una mano; y
los cordones de los zapatos desatados.
Un remolino de tierra se levantó en el
momento en que la chiquilla entraba a su casa. Se detuvo y lo miró por un
instante, como quien mira a un fantasma, luego, entró y cerró la puerta tras de
sí, sin hacer el menor ruido, empujándola contra el viento del final de la
siesta.
-¿Eres tú, Lauri? –preguntó la voz de su madre,
desde un dormitorio.
Laura dejó caer el paquete sobre la mesada
de la cocina, espantando a una pareja de moscas que se perseguían incansables
sobre el flexiplast de color rojo, en una danza extraña y aparentemente
infinita. Bebió agua directamente de la llave del lavaplatos y, como si el
estanque de su cuerpo hubiere estado vacío y ahora se rellenase, lloró en
silencio con grandes lágrimas que recorrieron sus resecas mejillas de
adolescente, medio rosadas, medio tostadas, hasta caer sobre los viejos
tablones del piso, uniéndose al polvo recién llegado y huyendo de la parafina
con que se trapeaba la madera sin pintar.
-¿Eres tú, hija? –insistió, la mujer.
Secó sus lágrimas con el antebrazo
desnudo, dejando una marca gruesa y desigual de barro sobre la piel y sus
diminutos bellos dorados y sorbeteó, silenciosa, unos mocos que casi no se
habían alcanzado a formar.
-Sí, mamá, soy yo. –su voz pareció la de una
mujer vieja, cansada y enferma.
Hacía ya un rato que el sol había cruzado
la línea del horizonte, desapareciendo tras las extensas dunas desiertas del poniente,
en dirección al mar, mucho más allá de lo que ella conocía de verdad. En sólo
unos minutos, el pueblo sería apenas un recuerdo en la memoria de sus
habitantes, o tal vez, simplemente, dejaría de ser por algunas horas; las
mejores para Laura, aquellas en donde podía verdaderamente ser libre, aquellas
donde soñaba, esas horas en que no sentía miedo, ni pena, ni asco, esas horas
en que la rescataba su melodía, las imágenes de su salvación, la posibilidad de
una vida mejor.
Una brisa suave y fría se levantó,
despertando de su sueño a la muchacha que había estado todo ese tiempo mirando
la huída del sol, como hipnotizada.
-Ya ven a comer -gritó su madre, desde la
cocina, casi junto con el susurro del viento.
-Llévame contigo –murmuró Laura, a la melodía
que había estado entonando nuevamente, en forma casi inconsciente, con una voz
dulce, sin dejar de mirar el horizonte, ahora ya casi oscuro. Y, por un brevísimo instante, todo se
detuvo, como si se hubiera hecho un vacío en la existencia, como si el tiempo
hubiera tomado un minúsculo descanso. Nada en absoluto se movió, excepto la
imagen de la rueda de un monociclo, en la mente de la jovencita.
A la mesa rectangular, ya estaban sentados
un hombre de unos cincuenta años, a medio camino de la calvicie, algo gordo,
con el rostro desencajado por el exceso de alcohol barato y los cigarrillos sin
filtro; frente a él, un muchacho de unos diez años, cuyo rostro, perfectamente
pálido, hacía recordar el de jóvenes con enfermedades pulmonares; y a quien
parecía pesarle tremendamente la cuchara que colgaba de sus dedos, como si no
fuesen capaces de sostenerla, debiendo apoyar la mano sobre la mesa. Y entre
éste y aquél, en su parte más angosta, todavía acomodándose en su silla, la
madre, una mujer de edad indescifrable, que terminó en ese momento de servir el
plato del hombre y se lo alcanzó. Al recibirlo, torpe, derramó parte del jugo
de la carne recién frita, agregando una nueva mancha al mantel a cuadros verdes
y blancos, justo a un lado del agujero, ahora ya desflecado, que dejaba ver la
cubierta de la antigua mesa de melamina, también roja.
-Te vas a quedar ciega mirando el sol de ese
modo, chiquilla; ya te lo he dicho, pero tú como si nada -le dijo la mujer, sin
mirarla, chupándose el índice mecánicamente, calculando la nueva mancha, con
resignado desprecio hacia aquel hombre que ya no amaba.
En lugar de sentarse en su puesto entre
los demás, Laura siguió de largo y se apoyó en el lavaplatos, jugó un instante
mojándose el dedo índice con la gota que colgaba del borde de la llave mal
cerrada, y luego, llenó un vaso con agua y lo bebió, sin dejar de mirar al niño
que intentaba, desesperada e inútilmente, llevarse una cucharada de arroz
blanco apelmasado hasta la boca.
-¿No vas a comer? –preguntó la madre, colocando
un plato en el puesto de la joven, justo en el otro extremo de la mesa.
-Ya sabes que no me gusta la carne –dijo ella,
acercándose a darle en la boca al niño, que agradeció su atención con una
sonrisa desencajada e incontrolada, evidenciando su discapacidad.
Los cuatro
compartieron en el relativo silencio que permitían el desagradable sonido que
producía el hombre al masticar con la boca abierta, y el susurro del viento,
más allá de los límites de la casa, donde el mundo se había convertido en un agujero
negro insondable.
-Mamá, ¿alguna vez te acuerdas de tus sueños?
–preguntó, repentinamente, la muchacha.
La madre la miró apenas un segundo y luego
al hombre que, como en una especie de batalla personal, continuaba
mordisqueando su pedazo de carne.
-¿A qué sueños te refieres? –preguntó la mujer,
sorprendida, mirándole ahora una parte de la espalda y la pantorilla, delgada y
desnuda, que la joven acariciaba con su pie descalzo.
-Los que tienes cuando duermes. –respondió
la muchacha, como si fuera obvio, como si no hubiera o no conociera otra
posibilidad.
La mujer la miró desilusionada, casi con
desaprobación.
-Ah -murmuró, como para sí misma y con un
dejo de desaesperanza-. No recuerdo cuándo fue la última vez que soñé.
–sentenció seca y desinteresada, recogiendo con su tenedor una porción diminuta
de arroz y ensalada, que había caído sobre el mantel, aun lado del plato del
muchacho.
Volvió el silencio, como un vacío que lo
envolvió todo.
Cuando terminó de tragar, el hombre se
sonó, pasándose la manga de la camisa por la nariz y luego, continuó batallando
con su alimento, en su diminuta y personal guerra mundial. La muchacha lo miró
hacer, como quien mira la televisión.
-Alguna
vez tuve sueños –confesó la madre, con una voz triste. –Pero ya no los recuerdo
–agregó, mirando a su marido, como si en el fondo de su corazón lo culpara a él
de ello.
El hombre atacó una vez más su trozo de
carne, recomenzando su lucha.
-Mamá, ¿tú crees que un sueño te salve, como un
milagro? –insistió la joven, mientras le limpiaba una mancha de grasa de la
boca a su hermano, moviéndole la cabeza desmedidamente, como si el cuello de
aquel niño no tuviera musculatura.
Sin mirarla, la mujer largó una carcajada
destemplada que llenó toda la habitación, probablemente la noche, allá afuera;
una carcajada que se alargó, convirtiéndose en risa y que pareció crecer -como
un mal signo- sorprendiendo incluso al muchacho, que se atoró con su saliva y
comenzó a babear. El hombre, con una torpeza que denotó su implacable
embriaguez y abstracción, aprovechó el instante, para sacar el pedazo de carne
del plato de Laura y dejarlo en el suyo, salpicando de jugo y grasa otra parte
del mantel. El cuerpo de la madre se agitó, en convulsiones cada vez más
histéricas, hasta que de pronto cesó, tan súbitamente como se había iniciado,
sólo quedándole un imperceptible jadeo al hablar.
-Míralo. Míralos… ¡Mírate! –dijo la mujer, con
una voz triste, como si de pronto un inmenso cansancio la hubiera invadido por
completo-. ¡Tal vez en otra parte. Aquí, evidentemente, no ha ocurrido!
-A veces, los sueños, requieren más que… -quiso
intervenir el hombre, con una voz aguardentosa y la boca aun llena, pero fue
interrumpido por una tos repugnante que casi lo bota de la silla. Todos, menos
el niño, le miraron asqueados. Laura, terminó por alejarse de la mesa, dejando
a su hermano frente al plato, aun lleno de comida.
-Escucha a tu padre –ordenó irónica la madre,
al verla alejarse y sin pretender ayudar al hombre, que parecía que moriría de
asfixia. -Tal vez él pueda ayudarte a conseguir el tuyo –concluyó.
Pero la joven ya había abierto la puerta
de calle y había salido de la casa, a la oscuridad, al frío, al infinito negro
del desierto.
Una melodía sencilla y alegre, dio paso a
la rueda de un monociclo girando sobre sí misma en un espacio neutro y ambiguo,
sus rayos plateados brillaron, produciendo un efecto de movimiento invertido;
la vieja mano tatuada de un hombre anciano, tomó la de un niño o niña y la
levantó hacia una nada, al infinito oscuro y silencioso, haciéndola
desaparecer; un candado viejo y oxidado, se sacudió sobre una aldaba no menos
enmohecida, produciendo un tac, tac, tac, completamente arrítmico; un muñequito
de trapo, vestido de arlequín, que colgaba de un espejo retrovisor desde un
resorte, se mecía rítmicamente frente al parabrisas lleno de tierra de un
vehículo que avanzaba; una mano de niña, alisó el tutú que alguna vez fuera
celeste, sobre su muslo delgado, sin medias, dejando ver por un instante sus
rodillas, apenas heridas con diminutos raspones aun frescos; la letra de la
canción, pronunciada con esa voz desfigurada aunque reconocible, se abrió paso
entre el viento antiguo de la pampa, mezclándose con el ruido de los motores y
las carrocerías destartaladas, que parecían estar aun muy lejos; y luego, en
una habitación iluminada por velas, en una de cuyas paredes se podía apreciar
un espejo al que habían adherido una serie de fotos antiguas en el marco
pintado de blanco, y junto a las que se reflejaba una peluca de cabello negro
sintético, que estaba sobre un modelo de plumavit, bastante sucio, que
descansaba en el tocador, repleto de chucherías y maquillajes, de potes y
papeles, de collares y cepillos de pelo, muy pegada a un cigarrillo que
humeaba, olvidado, en un viejo cenicero de viaje, que probablemente nunca se
había limpiado. El convoy de tres camiones, dos camionetas, dos casas rodantes y un sedán antiguo,
se detuvo lentamente hasta llegar a la encrucijada, bajo la luz dolorosa del
mediodía, en mitad del desierto, dejando una extensa columna de tierra tras de
sí. La luz amarilla del intermitente derecho del vehículo líder, parpadeó,
envuelta también en el polvo que el viento de la pampa revolvía, con la misma
imprecisión errática de aquella caravana casi fantasmal, detenida en el cruce
de dos caminos que parecían no venir ni conducir a sitio alguno. Los pies
descalzos de una muchacha, corrieron desesperadamente, enterrándose en la
tierra suelta de un suelo oscuro, apenas iluminado por haces de luz diurna;
Laura chocó contra los cuerpos muertos de los animales que colgaban en aquel
cobertizo insalubre, resbaló y cayó, llenándose la cara de esa tierra
ennegrecida; desesperada y a toda prisa, volvió a incorporarse y continuó
corriendo; entonces, su antebrazo fue cortado por la afilada hoja del cuchillo
de destazar que sostenía la mano ya ensangrentada del carnicero; hilos de
sangre fresca se regaron por el suelo, dejando un denso rastro, casi
ininterrumpido, en la tierra reseca; la muchacha se lanzó con todas sus fuerzas
contra una de las paredes del cobertizo y el peso de su cuerpo, aunque ligero,
fue suficiente para partir las tablas, permitiéndole caer al exterior, a una
luz tan cegadora, que era imposible saber a dónde. La joven despertó asustada y
jadeante. Al abrir los ojos, se encontró de frente con los de su madre, que la
observaba en silencio, sentada en el borde de la cama; vistiendo un sombrero de
color verde seco con velo abierto y un traje de noche antiguo y elegante del
mismo verde, y en uno de cuyos tirantes ostentaba una flor blanca y tersa como
una diminuta Cala; con una mano sobre el regazo y la otra sosteniendo un
cigarrillo con filtro, recién encendido. Las dos se miraron por un largo
momento, como si no se conocieran, del mismo modo en que se mira una aparición;
hasta que por fin la madre se puso de pie y sin dejar de mirar a su hija, fue
retrocediendo hacia la puerta y terminó por abandonar la habitación, que volvió
a quedar a oscuras, como si ella tuviera una luz propia.
Ambas mujeres despertaron, cada una en su
respectiva cama, cada una asustada de haber visto a la otra, cada una
confundida, cada una tratando de recuperar la melodía que habían escuchado en
el sueño, el sueño de Laura.
Algunas horas después, casi justo con la
salida del sol detrás de aquellos cerros achatados por los vientos, cuando
Laura tiraba el agua de la palangana en la parte trasera de la casa; mágica y
tan sorpresivamente como habían empezado los sueños, surgieron de su boca,
llenándola, y llenándole el espíritu, rozándole la piel y deslumbrándole los
ojos, estallando como fuegos artificiales en sus oídos, cayendo tan sonoramente
como el agua que acababa de lanzar a la arena del desierto, las palabras
inalcanzables, aquellas esquivas palabras que no se dejaban aprehender de
ninguna manera, ahora cristalinas y suaves y perfectamente identificables. La
muchacha, primero casi se asustó, pero en cuanto las frases siguieron saliendo
al aire esquivo de aquella mañana recalentada, comenzó a saltar sin dejar de
cantar, sin dejar de repetir aquel verso, esa guía por fin encontrada, con su
significado misterioso, pero perfecto a la vez, en ese idioma que ahora no
tenía nada de desconocido y que le venía como un legado, como una iluminación y
que, por si fuera poco, podía recordar:
“Si estás, escondida allí atrás, en la dulce
espera de un ángel, de tu propio disfraz. ¿Por qué no soñar? ¿Por qué no
aspirar a que venga por ti? Un carruaje singular, fantasía juglar, no la dejes
pasar. Si has estado esperando por los siglos, verás, una estela llegar y su
magia será, para ti el inicio de un mundo de sueños y una vida sin igual.”
Un día después, envolviendo al pueblo en
una enorme nube de polvo, ansiedad, sorpresa y temor, el Circo Fantasías, entró
a la localidad, cruzando con su convoy por la calle principal, deteniendo a
todos y a todo, como si alguien sujetara las mancillas de los relojes. Los
rostros de cada hombre y mujer, de cada niño y niña fueron testigos de esos
otros rostros cansados, diferentes, extraños, que revelarían ante sus ingenuos
y aburridos ojos, nuevos destinos, mundos fantásticos, verdades escondidas en
el ámbito lúdico y recreativo y mágico de su pequeña carpa, en el lado norte,
junto al cerro Abandono, protegidos de los vientos y la arena del desierto, la
tarde siguiente.
-¿Podrías quedarte? -le escuchó decir al
carnicero, con una voz apagada, diríase atormentada, como si en cierto modo
estuviera pidiendo perdón, no tan sólo por la última vez, sino por todas las
veces y hasta por esta misma, que aun ni tenía lugar. -Sólo quisiera que
comiéramos un pastel… -y la muchacha alcanzó a detener un “Pero…”, que ya había
detonado en su cabeza, justo antes de que resbalara -astuto- hacia su garganta
y saliera despedido, cual conejo asustado, por su lengua, a través de sus
dientes, para ser finalmente escupido por sus labios partidos y llegara a los
oídos de su jefe que la requería nuevamente; en el preciso momento en que el
convoy pasó frente a la ventana, llamando la atención de ambos, y los dos
pudieron leer claramente y a pesar del visillo: “Circo Fantasías”, escrito con
mucho arte en el costado de uno de los camiones; y el mismo carnicero,
olvidando momentáneamente su perversidad y postergando su solicitud, se acercó
hasta el vidrio sucio y descorriendo la empolvada cortina, fue también testigo,
sin saberlo, del sueño de la chiquilla hecho realidad, de la llegada de su
oportunidad de conocer el mar, lejos, muy lejos de allí, muy lejos de él.
Fuera de sí, Laura corrió hasta la puerta
y la abrió de par en par, dejando entrar una bocanada de polvo y olor a violetas
recién cortadas, y vió a los camiones y camionetas, como si fueran un
gigantesco gusano colorido, hacia lado y lado de la calle principal, flotando
mientras su rostro se iluminaba devolviéndole la sangre a sus labios, a las
mejillas, y el brillo a sus ojos, que volvían a ser felices, después de tanto
tiempo. Aun incrédula, se llevó las manos a la boca y la cubrió por un momento
para luego, lentamente, dejarlas caer, al mismo tiempo que se mordía el labio
inferior mecánicamente, sonriendo, medio aturdida, a punto de estallar de risa,
como la chiquilla que realmente era y siempre había sido.
-Hoy no puedo. Lo lamento. Tal vez…
–alcanzó a gritar, y sin medir consecuencias, repentinamente liberada, sin
miedo y hasta sin respeto, salió corriendo hacia su casa, con el delantal
todavía amarrado a la cintura y los cordones de los bototos muy atados.
Desde su ventana, el carnicero la vio alejarse,
echa una loca, en dirección opuesta a los vehículos del circo, y le pareció más
bella que nunca, como un muchachito, pero no tuvo más remedio que quedarse
mirando el último camión del circo, en el que iba una mujer barbuda y gorda,
con los brazos descubiertos y una sonrisa de dientes perfectos, que le miró
desde la ventanilla de la cabina hasta desaparecer en la nube de tierra que la
caravana había levantado en la calle principal; mientras que de alguno de
aquellos vehículos escapaba, apenas audible, una melodía completamente
desconocida para el carnicero:
“Si estás, escondida allí atrás, en la dulce
espera de un ángel, de tu propio disfraz. ¿Por qué no soñar?...”
Sin cerrar la puerta, la muchacha entró
como una tromba y se encontró de frente con su madre que la miraba, casi del
mismo modo que lo hiciera en el sueño, como si no hubieran despertado desde
entonces. Se detuvo en seco, primero sorprendida y luego asustada. El
cigarrillo de su madre estaba humeando sobre las tablas del piso, como si sus
dedos sin fuerza lo hubieran dejado caer allí; sus dos brazos colgaban a los
costados del cuerpo, como hilachas y solo el pelo y su vestido se movían
empujados por una repentina brisa que parecía haber entrado junto con la
muchacha. Así estuvieron dos minutos enteros, una frente a la otra, como en un
duelo, la joven todavía jadeante y la madre como un fantasma. Por fin, la
muchacha reunió el suficiente valor para romper el hechizo.
-Mamá…
-alcanzó a hilvanar, pero de inmediato fue interrumpida por el trueno de la voz
materna, que sin embargo no gritaba, ni siquiera hablaba realmente fuerte.
-¡Ni
se te ocurra! Te necesitamos aquí. Tú bien lo sabes.
-Pero,
mamá, sólo quiero ir al circo. Todo el pueblo estará allí.
-Menos
tú. –sentenció, severa y se dio media vuelta, dando por terminada la discusión.
La muchacha salió corriendo a su
habitación y se encerró a llorar, tirada sobre la cama, hundido el rostro en la
almohada de espuma plástica picada, ahora apelotonada y dura.
Laura y su madre se columpiaron sonriendo,
cada una en su trapecio, sobre las cabezas de un numeroso público que se reunía
alrededor de una pequeña pista de arena, demarcada sencillamente con un
redondel de plástico rojo y celeste. Ambas vestidas de malla color violeta
oscuro, con sus cabellos tomados en firmes “tomates altos”, amarrado con una
cinta gruesa de brillos dorados. Sus cuerpos iban y venían en el aire viciado
por el humo azuláceo de los cigarrillos, en la parte alta de la carpa, también
roja y celeste; iluminados por seguidores de luz blanca, lo que las hacía
contrastar y destacarse en el firmamento circense, relativamente oscuro;
saludando a la multitud, con una mano en alto y una sonrisa amplia y perfecta,
como sólo lo hacen las artistas de calidad; yendo y viniendo, para conseguir el
vuelo necesario, para atrapar la completa atención de todos allá abajo; hasta
que dejaron caer sus cuerpos al vacío, sujetándolos con las piernas, como a
último momento, en las barras de los trapecios, consiguiendo una breve y
repentina agitación de los presentes, que tal vez imaginaron una lamentable
caía. Dándose cada vez más vuelo, en cada nuevo impulso, parecía que las manos
de las mujeres lograrían encontrarse, o al menos rozarse, hasta que por fin,
Laura se suelta, lanzándose al aire, con dos giros perfectos de su cuerpo echo
un ovillo, pero su madre, increíblemente y ante la sorpresa y conmoción de
todos los presentes, vuelve a sentarse en el trapecio, saludando a la
concurrencia, en el instante preciso en que las manos de la niña demandaban las
suyas, dejándola caer a su suerte desde la altura, ante la incredulidad y el
“Aaaaah”, descorazonado, de un público angustiado.
La joven despertó aterrorizada y sin
oxígeno en los pulmones, pero todavía en su cama; la almohada y el cubrecama,
completamente mojados. Cuando trató de levantarse, advirtió que tenía un pie
amarrado a la pata de la cama con un cordel suficientemente largo para que
pudiera moverse, pero demasiado corto para salir de la habitación. Pudo
adivinar que el último rayo de sol se estaría poniendo en ese mismo instante
tras el horizonte de un mar que desconocía, al que jamás había ido, pero que
podía imaginar más allá de las dunas, ondulante y movedizo como éstas, frío y
azul, como su pena. Abrió la puerta de su habitación y le gritó a su madre, a
su padre, a su pequeño hermano, pero nadie respondió; estaba completamente sola
en aquella casa y seguramente así estaría hasta que el circo se hubiera ido. Le
gritó a su madre que deseaba que se muriera y que jamás la perdonaría; le gritó
también que prefería morir a seguir allí, en esa familia que no la quería. Los
odió a todos. Volvió a llorar, todavía jadeando, y susurró, entre mocos y
convulsiones, que quería morir, que no quería que la siguiera tocando ese
animal, que quería ver el circo, que era verdad, que quería irse con ellos, que
prefería unirse a ese circo, porque representaba su única manera de salir de la
pesadilla en que la habían abandonado, porque ellos le permitirían recuperar la
fe y su felicidad. Por primera vez
en su vida, se sintió verdaderamente desolada, triste y sin amor. Por primera
vez en su vida, deseó, con toda su alma, que el Señor se la llevara. Extendió
su brazo casi sin fuerza, para empujar la delgada hoja de la puerta y ésta
encajó en el marco, produciendo un suave crujido seco al cerrarse; luego, se
dejó caer sobre las tablas sin asear y, una vez más, lloró, en silencio, para
sí misma, con infinita tristeza, llena de amargura.
Mucho más tarde, cuando el cansancio del
llanto y la pena la habían obligado a echarse en la cama, recostada sobre sus
costillas, de cara hacia la pared, las manos juntas bajo el rostro, los ojos
abiertos y fijos en la imagen mil veces repetida del convoy del circo cruzando
la calle principal, escuchó entrar a su familia en la casa; los escuchó
contentos, risueños, todavía comentando los distintos actos de magia y
trapecismo, de malabarismo y acrobacia, todavía sorprendidos y alegres, por el
mago y los payasos, como si el circo les hubiera devuelto la luz y el sentido a
sus vidas, pobres y deshechas, insignificantes. Laura no se incorporó en la
cama, mantuvo la misma posición, sólo prestando atención a la algarabía de la
cocina, al silbido de su padre, a los gimoteos de su hermano, a los por favor
esto y gracias por aquello, de su madre; toda una nueva serie de sonidos y
palabras que no se escuchaban en aquella casa desde que ella era una niña
pequeña, con la mitad de años que ahora tenía su hermano enfermo. Sintió una
amargura inmensa que le hundió el pecho y le revolvió el estómago; una
desolación oscura y dolorosa que le recorrió la piel de la cabeza hasta los
pies, instalándose por fin, pesadamente en sus huesos, en la médula, como un
veneno. Deseó más que nunca morir, y se lo pidió al Señor, a la Virgen, en un
susurro incomprensible que se derramó de su boca, como una especie de vómito
involuntario, fétido y agrio.
La puerta del dormitorio se abrió de golpe
y apareció su madre, con una sonrisa imborrable en el rostro, una mueca que le
hacía mostrar unos dientes amarillentos y torcidos y que le daban un aspecto
cruel, irreconocible. Sostenía con ambas manos una bandeja plástica sobre la
que había dispuesto una serie de ensaladas y un trozo de pan, un vaso con agua
y ¡uvas!, un enorme racimo de uvas rosadas, de granos grandes y tersos y
brillantes como no había visto en años, como no los había comido nunca. Laura
continuó en su posición, sin moverse, sin siquiera respirar, sólo aguardando,
como un animal atrapado, como una bestia que espera el momento para saltar
sobre su presa y exterminarla, ante la posibilidad de morir.
-Debes
entender… él ya no me quiere a mí, Laura… si yo pudiera… si tan sólo yo tuviera
una posibilidad… Debes comer. Te traje uvas, uvas rosadas… ¿recuerdas..?
La mujer avanzó unos pasos hacia el
interior de la habitación apenas iluminada por el resplandor amarillento de la
pieza contigua; dejó la bandeja en el suelo y metió su mano derecha en el
bolsillo de su vestido dominguero, extrayendo una paleta de dulce, redonda y
colorida.
-Te
traje una paleta de dulce, de colores, de esas que vimos una vez en esa vieja
revista…
Se agachó y la dejó junto a las otras
cosas, sobre la bandeja.
-Debes
comer… Hablé con él, también estaba allí… en el circo. Le dije que estabas
enferma, que estabas con fiebre, que pronto estarías mejor… Que en uno o dos
días volverías… Que no debía preocuparse…
El rostro de Laura se volvió dulce; su
tristeza desapareció bajo un manto de tranquilidad luminosa y de sus labios
brotó, sin ningún esfuerzo, la melodía y la letra, recién descubierta.
Entonces, con mucha calma y sin dejar de
mirar a su madre con infinita compasión, tomó sus manos entre las propias y
permaneció tan quieta y serena como si estuviera a punto de nacer.
El sol había desaparecido mucho antes tras
las dunas, bajo el horizonte; y ahora se recortaban perfectas, como líneas
oscurísimas sobre un cielo también negro, los cerros hacia el oriente. La
melodía que brotaba de los labios y la mente de Laura, primero como un
indescifrable susurro, se fue expandiendo, se alejó, hacia las otras
habitaciones, hacia el desierto, hacia el mar, hacia la cordillera, muy lejos;
como si una delicada brisa sin polvo ni mácula se la llevara, como a las semillas,
como a la esperanza, esa melodía que representaba la convicción de que aun
estando prisionera, era libre, completamente libre.
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