sábado, 17 de octubre de 2015

La existencia pródiga de los desconocidos


LA EXISTENCIA PRÓDIGA DE LOS DESCONOCIDOS
Cada tanto leo o escucho a personas muy conocidas hablar de sus encuentros y desencuentros con otros seres tan conocidos como ellos. Ya sea a propósito de un festival, un deceso, o el estreno de una nueva obra, se habla de aquellas generaciones que los agruparon y de las vivencias, creaciones y reflexiones que tuvieron mientras estaban vivos. Esto se repite en la literatura, en la pintura y, supongo, en todas las artes.
Todas las veces, me pregunto, ¿qué es lo que nosotros, los que no alcanzamos renombre, ni conocimos a ninguno de aquellos que lo hicieron, hacemos por el arte?
Mi respuesta siempre es vaga y con demasiada frecuencia termina resintiendo la falta de mundo, de roce y de empeño, por lo que se tiñe de una suerte de envidia que no me atrevo a declarar abiertamente y que no me hace bien.
Hoy, nuevamente, he leído a uno de sus famosos miembros; esta vez, hablando de la importancia de la mediocridad, como puerta de entrada al maravilloso mundo de los más talentosos, de los grandes maestros.
Entonces, me volví a preguntar si acaso no era esa nuestra tarea, la misión que hemos cumplido en este mundo: ser algunos de los poetas, escritores, pintores, cineastas sin talento que han arrastrado a nuestros contemporáneos al maravilloso mundo de los que sí lo tienen; y acaso, empujado también para que ellos mismos se aventuren en aquellas artes, con la posibilidad de formar parte de uno u otro grupo.
Me hizo gracia aquel papel menor en el reparto; pero sin duda me reconfortó.
Hace también poco tiempo, recibí la epístola de un viejo amigo mexicano -del que no había tenido noticias desde hacía mucho-, en la que me decía, entre otras maravillosas cosas, que el fútbol, tal como se conoce hoy, lo habíamos inventado él y yo hace ya más de treinta años, sólo que nadie lo había notado.
Aunque me hizo gracia y, por supuesto comprendo que se trata sólo de una alegoría, yo, francamente, no puedo estar más de acuerdo con él; y me alegra que tenga el desparpajo de decirlo, sin vergüenza.
Se m vine, entonces, a la memoria, una vez más, mi antiguo e infrecuentado amigo belga –que también conocí en México-, con quien hice mis primero pasos en la cinematografía, aprendiendo sobre el trabajo del laboratorio, en blanco y negro.
Mi vida, como la de muchos de los más queridos que ha habido en ella, es una larga lista de relaciones con personas que nunca fueron o serán famosas y que sin embargo nos dedicamos con energía y talento a las mismas cosas que aquellos que sí lo han sido. De nosotros, nadie habla, pero somos la esencia o, en su defecto, el eco de lo que se ha creado en el mundo. Y supongo que, también en algún momento y de algún modo, felices de haber sido lo que somos.
¿Será esta línea más silenciosa, pero no necesariamente menos pródiga, la que nos (me) lleva a tener una especial predilección por aquellas obras que hablan, precisamente, de los hombres y mujeres simples y comunes, de aquellos que en apariencia no han hecho nada importante, de aquellos que no figuran en los libros, ni en los museos, de aquellos de los que nadie habla, a quienes nadie menciona, esas personas que pasan la vida viviendo, sin entregar una obra a nadie, excepto, el ejemplo de sus propias existencias, lo notemos o no los demás?

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