viernes, 16 de octubre de 2015

En el Corazón de la Semilla / Cuento infantil


EN EL CORAZÓN DE LA SEMILLA
Ricardo Harrington


El viento soplaba con fuerza aquella tarde. La semilla permanecía vigorosamente aferrada a la rama del castaño; mas en su alma, había surgido una ansiedad irreprimible: debía cumplir con su destino. Así era desde el inicio de los tiempos.
Casi justo con la llegada de la noche, un potente soplo terminó por arrancarla del árbol, llevándola hasta un tierral, a cierta distancia de donde había esperado por casi tres estaciones. A su alrededor todo parecía polvo y terrones.
Ahora todo sería nuevo. Se estremeció, inquieta.
-Ojalá llueva pronto -escuchó decir-. Las aves y las ardillas ya se han comido a muchas. Yo he tenido suerte -agregó la voz, con cierta melancolía.
-¿Quién eres? -preguntó tímida la semilla recién llegada.
-Una semilla de roble -reconoció orgullosa, la que quería que lloviera.
Los robles vivían mucho más lejos que cualquier castaño, por lo que debía haber viajado mucho antes de llegar allí. Cuántas aventuras habría pasado para que se diera la coincidencia de que esta semilla se encontrara con la de castaño y tuvieran la posibilidad de conocerse.
-¿Por qué quieres que llueva? -quiso saber la semilla de castaño.
-Porque no quiero terminar como alimento de algún animal -sentenció con algo de pesar-. Y sólo el agua puede ponernos bajo tierra -agregó, con un tono parecido a la esperanza.
-Ya entiendo -dijo la más joven, tratando de escudriñar la oscuridad a su alrededor, lo que le provocó un nuevo estremecimiento.
La noche había cubierto con su manto aquel campo y ya nada podía verse, excepto las estrellas brillando en lo alto, que parecían cercanas y muy vivas.
No había más remedio que esperar.
Por la mañana, el lugar era un hervidero de aves, roedores e insectos. Y en el cielo no se veía ni una sola nube. Era cuestión de tiempo, en cualquier momento a una de ellas, o a las dos, se las comerían.
Precisamente, una gran tórtola aterrizó muy cerca de la semilla de roble, abriendo sus alas con gran alboroto. Pero de inmediato salió volando, asustada.
Un viejo y un niño pequeño se acercaron caminando despacio y se detuvieron a poca distancia de las dos semillas.
-Estuvo cerca -susurró la semilla de roble, con algo de alivio.
-Es cierto que tienes suerte -confirmó la otra, también en voz baja.
La mañana estaba fría. Aun era temprano. El anciano y el niño vestían ropas abrigadas. Los dos permanecieron quietos y en silencio por algún momento; mirando algo que las semillas no podían ver.
-¿Tú también fuiste niño, abuelo? -preguntó el muchacho, rompiendo el silencio.
El anciano se rió de buena gana y miró con alegría a su nieto.
-Claro que sí. Igual que tú lo eres ahora, y aun más pequeño, como también tú lo fuiste.
-¿Y yo seré viejo como tú?
-Algún día, claro que sí.
El hombre miró a su nieto con tranquilidad y profundo amor y le hizo un cariño en su cabeza de cabellera negra, rizada.
-Si pones verdadera atención y miras muy dentro de ti, en tu corazón, podrás ver quién realmente eres y serás.
El niño miró al viejo con los ojos muy abiertos, sin realmente comprender. Luego, volvió su vista al frente, perdiéndola en los cerros resecos.
Entonces, el anciano se inclinó y recogió la semilla de castaño. La miró con detención por un momento y luego, haciendo un breve gesto hacia su nieto, lo invitó:
-Ven, acércate.
Al moverse, el muchacho pisó la semilla de roble con el taco de su bota, enterrándola en la tierra reseca.
-¿Qué ves? -inquirió el abuelo, pasándole la semilla a su nieto.
-Una semilla -respondió el niño, mirándola sin demasiado interés.
-¿Sólo eso? -insistió el viejo, con curiosidad.
El muchacho giró la semilla hacia un lado y otro, buscando alguna particularidad, y luego respondió:
-Sí, sólo eso.
Acercándose mucho al niño y bajando la voz, el anciano le reveló:
-Si miras con verdadera atención, con los ojos que llevas en tu interior; sin pensar en nada más, podrás ver que en el corazón de esta semilla laten las raíces, las ramas, las hojas y los frutos del árbol que será.
El muchacho miró a su abuelo con admiración y sorpresa.
Por un largo rato, el niño contempló la semilla en silencio.
En su rostro podía observarse un nuevo gesto, más profundo y, al mismo tiempo, más alegre. Luego, sonrío con cierta satisfacción. Cuando por fin el muchacho miró nuevamente a su abuelo, éste le devolvió la sonrisa con complicidad.
-Ponla nuevamente en la tierra y húndela con tu dedo. Esta noche, cuando caiga la lluvia, empezará su transformación. Y tú habrás ayudado, con un simple gesto.
El niño obedeció y enterró la semilla, a pocos metros de donde había pisado la de roble.
Cuando el muchacho regresó junto a su abuelo, el hombre agregó, con infinita tranquilidad:
-Lo mismo ocurre con nosotros, las personas; con una maravillosa diferencia: somos responsables de ese destino y podemos tomarlo en nuestras manos.
El niño miró una vez más al viejo, con una cierta convicción que no alcanzaba a comprender del todo, después dirigió su mirada hacia sus manos aun llenas de tierra. Las sacudió. Y se dispuso a disfrutar del agradable silencio de la mañana.
Los dos se quedaron largo rato mirando cómo el día se calentaba. Tan quietos, que los animales ya no tuvieron miedo de acercarse, para continuar comiéndose a las otras semillas que aun permanecían sobre la tierra reseca del campo.
FIN

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