EN EL CORAZÓN DE LA SEMILLA
Ricardo Harrington
El viento soplaba con fuerza aquella
tarde. La semilla permanecía vigorosamente aferrada a la rama del castaño; mas
en su alma, había surgido una ansiedad irreprimible: debía cumplir con su
destino. Así era desde el inicio de los tiempos.
Casi justo con la llegada de la noche,
un potente soplo terminó por arrancarla del árbol, llevándola hasta un tierral,
a cierta distancia de donde había esperado por casi tres estaciones. A su
alrededor todo parecía polvo y terrones.
Ahora todo sería nuevo. Se estremeció,
inquieta.
-Ojalá llueva pronto -escuchó decir-. Las
aves y las ardillas ya se han comido a muchas. Yo he tenido suerte -agregó la
voz, con cierta melancolía.
-¿Quién eres? -preguntó tímida la
semilla recién llegada.
-Una semilla de roble -reconoció
orgullosa, la que quería que lloviera.
Los robles vivían mucho más lejos que
cualquier castaño, por lo que debía haber viajado mucho antes de llegar allí.
Cuántas aventuras habría pasado para que se diera la coincidencia de que esta
semilla se encontrara con la de castaño y tuvieran la posibilidad de conocerse.
-¿Por qué quieres que llueva? -quiso
saber la semilla de castaño.
-Porque no quiero terminar como
alimento de algún animal -sentenció con algo de pesar-. Y sólo el agua puede
ponernos bajo tierra -agregó, con un tono parecido a la esperanza.
-Ya entiendo -dijo la más joven,
tratando de escudriñar la oscuridad a su alrededor, lo que le provocó un nuevo
estremecimiento.
La noche había cubierto con su manto
aquel campo y ya nada podía verse, excepto las estrellas brillando en lo alto,
que parecían cercanas y muy vivas.
No había más remedio que esperar.
Por la mañana, el lugar era un
hervidero de aves, roedores e insectos. Y en el cielo no se veía ni una sola
nube. Era cuestión de tiempo, en cualquier momento a una de ellas, o a las dos,
se las comerían.
Precisamente, una gran tórtola aterrizó
muy cerca de la semilla de roble, abriendo sus alas con gran alboroto. Pero de
inmediato salió volando, asustada.
Un viejo y un niño pequeño se
acercaron caminando despacio y se detuvieron a poca distancia de las dos
semillas.
-Estuvo cerca -susurró la semilla de
roble, con algo de alivio.
-Es cierto que tienes suerte -confirmó
la otra, también en voz baja.
La mañana estaba fría. Aun era
temprano. El anciano y el niño vestían ropas abrigadas. Los dos permanecieron quietos
y en silencio por algún momento; mirando algo que las semillas no podían ver.
-¿Tú también fuiste niño, abuelo? -preguntó
el muchacho, rompiendo el silencio.
El anciano se rió de buena gana y miró
con alegría a su nieto.
-Claro que sí. Igual que tú lo eres
ahora, y aun más pequeño, como también tú lo fuiste.
-¿Y yo seré viejo como tú?
-Algún día, claro que sí.
El hombre miró a su nieto con
tranquilidad y profundo amor y le hizo un cariño en su cabeza de cabellera
negra, rizada.
-Si pones verdadera atención y miras
muy dentro de ti, en tu corazón, podrás ver quién realmente eres y serás.
El niño miró al viejo con los ojos muy
abiertos, sin realmente comprender. Luego, volvió su vista al frente,
perdiéndola en los cerros resecos.
Entonces, el anciano se inclinó y
recogió la semilla de castaño. La miró con detención por un momento y luego,
haciendo un breve gesto hacia su nieto, lo invitó:
-Ven, acércate.
Al moverse, el muchacho pisó la
semilla de roble con el taco de su bota, enterrándola en la tierra reseca.
-¿Qué ves? -inquirió el abuelo,
pasándole la semilla a su nieto.
-Una semilla -respondió el niño,
mirándola sin demasiado interés.
-¿Sólo eso? -insistió el viejo, con
curiosidad.
El muchacho giró la semilla hacia un
lado y otro, buscando alguna particularidad, y luego respondió:
-Sí, sólo eso.
Acercándose mucho al niño y bajando la
voz, el anciano le reveló:
-Si miras con verdadera atención, con
los ojos que llevas en tu interior; sin pensar en nada más, podrás ver que en
el corazón de esta semilla laten las raíces, las ramas, las hojas y los frutos
del árbol que será.
El muchacho miró a su abuelo con
admiración y sorpresa.
Por un largo rato, el niño contempló
la semilla en silencio.
En su rostro podía observarse un nuevo
gesto, más profundo y, al mismo tiempo, más alegre. Luego, sonrío con cierta
satisfacción. Cuando por fin el muchacho miró nuevamente a su abuelo, éste le devolvió
la sonrisa con complicidad.
-Ponla nuevamente en la tierra y
húndela con tu dedo. Esta noche, cuando caiga la lluvia, empezará su
transformación. Y tú habrás ayudado, con un simple gesto.
El niño obedeció y enterró la semilla,
a pocos metros de donde había pisado la de roble.
Cuando el muchacho regresó junto a su
abuelo, el hombre agregó, con infinita tranquilidad:
-Lo mismo ocurre con nosotros, las
personas; con una maravillosa diferencia: somos responsables de ese destino y
podemos tomarlo en nuestras manos.
El niño miró una vez más al viejo, con
una cierta convicción que no alcanzaba a comprender del todo, después dirigió
su mirada hacia sus manos aun llenas de tierra. Las sacudió. Y se dispuso a
disfrutar del agradable silencio de la mañana.
Los dos se quedaron largo rato mirando
cómo el día se calentaba. Tan quietos, que los animales ya no tuvieron miedo de
acercarse, para continuar comiéndose a las otras semillas que aun permanecían
sobre la tierra reseca del campo.
FIN
HERMOSO, SE LO CONTARE A MI HIJITA UNA Y OTRA VEZ Y QUIZÁS OTRA VEZ MAS ...
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