martes, 7 de febrero de 2023

LA COSTA, TAN POBLADA Y SOLITARIA

 

Agonizan estos días eternos

Del estío que parece un engaño

La garúa se cierne hambrienta 

Hasta engullir por completo el horizonte

 

Siembra en su seno abisal

Unas veces el miedo

Y en la noche profunda en que sólo resaltan las olas

Aquel sueño inalcanzable de pasión y dolor

 

Un profundo azul cerúleo

Resucitado de la tiniebla soterrada del invierno

Inventado -tal vez- por la pena

Que ciertos días provoca la soledad grisácea del ocaso

 

He de reunir mis vísceras enfermas

Dolidas de toda esa ausencia de tu plática

Escindidas del aroma de tu estirpe

Acobardadas por una promesa de futuro

 

Y con ellas en brazos volveré a visitar la mar

Para entender otra vez su luz

Renovada en mi esperanza inmortal

Alguna mañana de primavera


miércoles, 1 de febrero de 2023

AURA, OGI Y EL GRAN PEZ DORADO DE PILLÁN

Aura y Ogi habían pasado gran parte de la tarde en el living del departamento de la niña, tendidos sobre la alfombra, dibujando en el Cuaderno de los Sueños; aquel donde dibujaban casi todo su infinito mundo infantil.
Aura tiene seis años, una cabellera castaña clara, unos enormes ojos color ámbar, enmarcados por grandes cejas muy tupidas, algo más oscuras que su pelo, una nariz recta y ligeramente larga, una boca amplia de dientes blancos; que todavía no cambia. 
Vive en el undécimo piso de un edificio de departamentos, en un barrio antiguo de la ciudad; pero toda su primera infancia vivió en la montaña, en una pequeña casa de madera y piedra, construida al estilo de un refugio, junto a un río encajonado por dos laderas escarpadas, rodeada de animales e insectos, árboles frutales y no frutales, plantas y hortalizas.
Ogi, es su perro, y tiene dos años. Conviene aclarar que pertenece a la raza de los perros de peluche. Se lo regaló su padre, una tarde en que Aura estaba enferma, en cama. Desde entonces, o más precisamente, desde la mañana siguiente, se convirtió en el más especial de sus amigos de trapo. Aunque sería uno más, igual a todos los otros, si no fuera porque su pasión es soñar. Despierto o dormido, Ogi siempre sueña. Este increíble don, lo descubrió Aura sólo un día después de haberlo conocido; al despertar, cuando Ogi le contó lo que había soñado durante la noche.
Cuando dieron las 6 de la tarde en el pequeño reloj de pared de la sala y fue anunciado por las campanadas correspondientes, Aura y Ogi -que continuaban sobre la alfombra- se buscaron con la mirada, pero se dieron cuenta de que ya estaba casi completamente oscuro allí en la sala donde dibujaban. Sus rostros apenas podían verse y sólo se distinguían con claridad los ojos de cada uno, brillantes y atentos a todo cuanto ocurría.
Por el ventanal que daba al amplio balcón, aún podían observar una delgada línea rojiza en el horizonte, hacia el sur, hasta donde se perdía la vista. Al oriente, la cima de la cordillera sin nieve, seguía ostentando cierto arrebol cobrizo que le otorgaba un aire sereno y distinguido a la vez.
Permanecieron silenciosos un breve instante; Aura observando aquella preciosa nube algodonada que, desde muy temprano, parecía dormir, casi apoyada en la cordillera, y Ogi, haciendo vanos intentos por alcanzar con sus patas el crayón anaranjado que dormitaba sobre la alfombra desde hacía rato acurrucado entre los otros colores. Y es que ambos flotaban en el aire, como si un hada los hubiera tomado en vilo y los sostuviera a unos centímetros del suelo. Se miraron, cómplices y extasiados; los dos estaban sorprendidos. Aura sonrió entusiasmada y Ogi, al darse cuenta, saltó a sus brazos asustado, buscando una protección que en realidad no necesitaba.
—Ogi, no te asustes, disfrútalo —consoló Aura a su perro, sin lograr tranquilizarlo del todo, porque éste gruñó y ladró, de un modo que la niña jamás había escuchado. Al mirarlo, se dio cuenta de que Ogi le ladraba a un arbusto que apenas se distinguía, aun cuando estaba a sólo unos pasos de ellos.
Ya casi oscurecía allí afuera también, donde quiera que se encontraran; pero no hacía frío, como podría suponerse.
La mata se movió y Ogi volvió a ladrar; esta vez, con verdadera fiereza. Aura se río; le parecía divertido que se comportara como todo un Rottweiler.
—Ya, no seas enojón, que te ves muy feo —lo regañó Aura, aún riendo y con cariño. Lentamente se acercó a la planta, observándola pero sin dejar de mirar con el rabillo del ojo a Ogi, que tenía todos sus hilos del lomo erizados, como un puerco espín.
Del arbusto, apareció un niño de unos 7 u 8 años, con la tez color canela y los ojos negros como el azabache, una oscura cabellera, larga y sedosa, sujeta por un grueso cintillo de cuero curtido. Vestía un hermoso poncho de lana gris y negra, que lo cubría hasta las rodillas y calzaba ojotas y calcetines gruesos, también de lana. Al verlo, Aura se detuvo, más con curiosidad que con algún tipo de temor. Ogi, en cambio, volvió a gruñir con agresividad, mostrando sus dos hileras de dientes de algodón, algo sucios por cierto.
—Hola —saludó Aura, con voz suave, tratando de ser lo más dulce que le era posible.
—Hola, hermana -entendió claramente Aura, aun cuando las palabras que brotaron como mariposas de la boca del muchacho -bellas y extrañas- fueron: “Mari, mari, lamngen”; una lengua, con un sonido que Aura nunca antes había escuchado. Luego, lo vio sonreír, así es que lo imitó. Ogi, por su parte, movió su cola alegremente, aceptando que el niño no era una amenaza para nadie.
Una gran luna llena, amarilla, casi anaranjada, se reflejaba cuan redonda era en la superficie del agua, a poca distancia del puente que unía ambas orillas, allí en la parte más angosta del lago. Habríase dicho que aquel líquido era aceite de oliva, de tan quieto que estaba.
Al levantar la vista, Aura vio cómo una nube solitaria y pasajera sombreaba por un momento la redondez de la enorme luna ocre que se alzaba sólo un poco más allá de la línea de árboles casi negros y muy olorosos, a esa hora de la noche.
—¿Dónde estamos? —preguntó Aura, con toda naturalidad.
—En el lago Ranco —respondió el niño, en esa lengua maravillosa que él usaba; dejando claro que no habría problemas de comunicación entre los tres—. A unos pasos de mi casa —continuó el muchacho, señalando con su mano extendida hacia el grupo de Mañíos más cercanos, que comenzaba apenas terminaba el puente, al llegar a la otra orilla. De entre éstos, a un lado de la luna brillante y sin que se pudiera determinar en qué parte exactamente, una densa y angosta columna de humo blanquecino se elevaba perezosa; tan perfecta, que evidenciaba la completa ausencia de brisa en el lugar.
—¿En el bosque? —replicó Aura, apenas inquieta; sintiendo a Ogi hundirse tras su vestido, dejando sólo los ojos asomados.
—Sí. ¿Cómo te llamas? —inquirió a su vez el niño, casi al mismo tiempo que lanzaba una piedra al lago, haciéndola deslizarse a saltos sobre la superficie más de tres veces antes de que se la tragara el aceite de oliva. El agua se agitó un instante y luego volvió a quedar lisa cual espejo, como desmintiendo lo sucedido. Aura quedó perpleja, y sólo cuando el reflejo de la luna reapareció perfectamente quieto en el lago, ella respondió, con cierta solemnidad:
—Aura.
El muchacho la miró como si lo hiciera por primera vez. Pareció pensar en algo profundo y lejano, y luego sonrió, estirando apenas la comisura de sus labios. 
 —Y él es mi amigo Ogi —continuó Aura, señalando el bulto en el cuello de su vestido, allí donde asomaban tímidos los ojos del perro de peluche.
Obligado por la presentación, Ogi salió de su escondite; movió la cola y, por primera vez, dejó caer la lengua a un lado de su hocico, en una expresión que, sin lugar a dudas, indicaba una sonrisa.
El niño rió decididamente, agradado por la actitud timorata del animal.
—¿Y tú, cómo te llamas?
—A mí, me llaman Pillán —respondió el muchacho, con un discreto aire de orgullo, que se notaba más en la varonil postura de su cuerpo, que en el tono de su voz. Luego, sin mediar aviso alguno, Pillán abandonó el estrecho sendero, internándose en la espesura del bosque.
Aura y Ogi quedaron en el camino, sin saber bien qué hacer. Ogi giraba su cabeza hacia el puente, queriendo indicar que lo mejor era regresar por donde habían venido, y Aura, por su parte, miraba la negrura del bosque, en espera de alguna señal.
Pasaron algunos segundos, durante los que sólo se movió, apenas perceptible, la columna de humo sobre la frondosidad de los árboles. 
—¿Qué esperan? Tenemos que alcanzar a mi padre que saldrá a pescar dentro de poco —dijo Pillán, asomando sólo su cabeza entre las ramas de un Coihue.
Ogi, una vez más, saltó a esconderse en la ropa de Aura, evidentemente, sin deseos de aceptar la invitación. Aura, en cambio, de inmediato enfiló hacia los árboles, siguiendo al chiquillo, convencida de que aquella sería una gran aventura.
En medio del bosque, el olor mezclado de los árboles nativos, era tan penetrante que parecía sentirse hasta por los poros. Una gruesa capa de miles y millones de hojas y ramas en todas sus fases de descomposición, cubría toda la superficie del suelo que, a cada paso, crujía como si fuera un instrumento musical. El tupido follaje, sólo permitía el paso de delgados rayos de luna aquí y allá, haciendo de aquella zona un lugar bastante más oscuro que el resto. Pillán, caminaba de prisa y, para seguirle el tranco, Aura le tomaba una punta de su suave poncho, manteniéndose a tranquilizadora distancia.
A poco andar, escucharon acercarse unos pasos ágiles que hacían crujir apenas la fragante hojarasca.
—Es mi padre —susurró Pillán, sin darse vuelta. Y no había terminado de decirlo, cuando un hombre de ojos oscuros y pómulos grandes, gorra de lana, y poncho como el de Pillán, se detuvo delante de ellos, dejando caer junto a él una gran cesta de pilwa que llevaba colgando en la espalda.
—Te estaba esperando, Pillán —dijo el hombre, en la misma lengua que usaba el niño, y se volvió a poner la cesta al hombro, sin percatarse de la presencia de Aura y Ogi.
—¡Es que me encontré con ellos! —respondió el muchacho. 
Sólo entonces, aguzando la mirada y acercándose un poco a los niños, el hombre se percató de la existencia de Aura.
—Invité a mi amiga Aura y su amigo Ogi —advirtió Pillán a su padre.
—¿Y dónde está Ogi? —preguntó, algo confundido.
Aura sacó a Ogi de entre sus ropas y se lo mostró, presentándolo.
El hombre, sonrío divertido.
—Hola Aura. Hola Ogi. Bienvenidos a nuestra primera noche de pesca.
Ambos saludaron, pero el pescador ya se encontraba, una vez más, en marcha hacia la orilla del lago.
Una angosta escalinata de piedra, junto a una gran roca oscurísima, conducía hasta el pequeño muelle, en el que estaba amarrado un bote de madera, pintado de verde; que en su proa, ostentaba el nombre ‘Lifko’ (agua cristalina), escrito delicadamente en letras amarillas.
Desde un pequeño hueco en la roca, el hombre extrajo una lámpara de aceite que encendió de inmediato; y luego, uno a uno, los utensilios de pesca, que fue poniendo con cuidado dentro de una gran canasta de quilineja.
Rápidamente, los cuatro subieron al bote. Los niños y Ogi, se acomodaron equilibradamente en la popa, mientras el papá de Pillán, se hacía cargo de las amarras y llevaba al ‘Lifko’ hacia aguas más profundas; introduciendo los remos en el agua, sin salpicar ni una gota.
La pequeña embarcación, parecía deslizarse con una facilidad asombrosa.
Desde allí, en la mitad del lago, la luna se veía todavía más grande y amarilla, aun cuando ya se encontraba bastante alta en el cielo, sin estrellas. Como un queso, recordó en silencio Aura, mientras el bote se balanceaba ligeramente, emitiendo un suave chasquido cada vez que se inclinaba de su lado.
Con los ojos fijos en un recóndito sector del lago, aquel experimentado pescador acomodó los remos en el interior del bote con tanta destreza que casi no hizo ruido. Pillán lo miraba, orgulloso.
Un pesado y cálido silencio se apoderó de la noche; y un olor húmedo y dulce, surgió de la nada. El bote quedó aparentemente a la deriva, aminorando su marcha, poco a poco.
Aura respiró profundo, como si quisiera absorber hasta el paisaje con aquella inspiración de aire puro, casi primitivo.
Repentinamente, una brisa cálida comenzó a soplar.
—Va a llover; debemos apurarnos —anunció el hombre, un instante antes de lanzar la red, que por un segundo, pareció una preciosa tela de araña suspendida en el aire, iluminada por la plata lunar. La tersa superficie se agitó un instante y, luego, volvió a quedar otra vez como mármol pulido; apenas irisada, de tanto en tanto, por los golpes suaves de la brisa que traería la lluvia.
Pillán, parecía nervioso apoyado en el borde del bote, mirando cómo la red se hundía en el agua cristalina. Aura y Ogi, observaban tratando de captar cada movimiento, cada sonido, sin perderse detalle.
—Si tenemos suerte, esta noche aparecerá… —susurró, como para sí mismo, el padre del muchacho.
Aura, miró a su nuevo amigo queriendo conseguir de éste una explicación. Pillán, de inmediato, le dijo al oído que por eso le gustaba acompañar a su padre, porque algunas noches, cuando el agua estaba tranquila, aparecía el enorme pez dorado que vivía en el fondo del lago.
—¡Un pez dorado gigante! —exclamó Aura, excitada.
—Ssshhh… —indicó Pillán, poniéndose el dedo índice sobre sus labios—. Se supone que sólo mi padre y yo lo sabemos —susurró.
Aura se ruborizó por un momento, pero de inmediato miró a su alrededor, comprobando que continuaban en el medio del lago, sin más compañía que la luna, la brisa y, si tenían suerte, el pez dorado gigante. Divertida, se lo hizo saber a Pillán, pero a él no pareció importarle, ya sólo tenía atención para las oscuras aguas del Ranco.
A lo lejos, se escucharon algunos truenos, como ladridos de perros viejos.
—Mi papá nunca se equivoca —aseguró el niño en un susurro, sin dejar de escrutar el agua.
—Allá… —señaló, en voz baja su padre, indicando un punto lejano, en medio de la nada—. Miren cómo se mueve el agua —insistió.
Efectivamente, algunos metros más allá, podía verse una especie de corriente que se deslizaba bajo la tersa superficie, produciendo cierto oleaje apenas visible en el agua.
—Es el pez… —murmuró Pillán.
—Pon atención, Ogi —dijo Aura, al oído de su perro.
Ogi asomó su fría nariz más allá del vestido de Aura, intentando ver un poco mejor. La mano de Pillán se crispó, aferrándose a la húmeda madera del borde del bote, a pocos centímetros de la argolla que sujetaba el remo. El dulce aroma del bosque cruzó la nariz de Aura como un murmullo y una brizna se lo llevó, casi de inmediato, antes de que ella tuviera tiempo de disfrutar realmente su delicado olor, mezcla de tierra, hojas, animales, insectos y agua. El bote, por un instante, permaneció en silencio, como si quisiera ayudar a la concentración. Y todo, excepto la invisible corriente bajo la superficie del lago, se quedó inmóvil, más allá de lo posible, para que, en ese preciso instante, y tan lentamente como sólo lo permite el sueño de un perro de peluche, surgiera de la oscuridad helada y oleosa, el enorme pez dorado, flotando en el aire; reflejando su majestuoso cuerpo, en las profundas y apacibles aguas del lago milenario. Por un segundo, que pareció por siempre, el gran pez se mantuvo suspendido a más de un metro y medio de altura sobre las cabezas de los niños y de Ogi; y su enorme y casi transparente cola, hecha de una filigrana más fina que el encaje más delicado, se sacudió, tan suavemente como una caricia, atrayendo toda la luz de la luna para sí, en un delirio fantástico, esplendoroso e inolvidable.
Luego, tan sorpresivamente como había surgido, el gran pez dorado clavó su cabeza en el agua y desapareció, sin dejar el menor rastro en la superficie cristalina; como si jamás hubiera existido.
Por un momento, todos quedaron tan estupefactos que permanecieron en completo silencio. A Pillán, le rodó una lágrima de emoción por su mejilla izquierda, que Aura no pudo ver. Ogi, parecía verdaderamente de peluche, de tan quieto. Y Aura, sólo escuchaba los latidos de su corazón, galopando como un tropel de caballos desbocados en medio de la llanura. El padre de Pillán, se echó el poncho al hombro y volvió a tomar los remos, dando por terminado el momento de asombro. Sentenció, con tono alegre y cotidiano:
—¿Es maravilloso?
Ogi ladró y movió su cola, encantado; una vez más, con la lengua afuera. Aura, no podía ni hablar. Y Pillán, estaba tan emocionado, que prefirió sólo mirar a su padre, con profundo agradecimiento. La mano del hombre, sacudió el cabello del muchacho, en un gesto de complicidad y aceptación de lo emocionante de aquel momento. Luego, con la misma destreza del inicio, el hombre condujo el bote por las aguas del lago en completo silencio; a la espera de recoger la red llena de pescados, antes de la lluvia.
En la sala del departamento de Aura, al igual que en la de muchos otros hogares a esa misma hora, la luz se encendió.
—¡Mamá, vas a asustar al gran pez dorado! —gritó Aura, mirando a su madre que se acercaba, justo en el instante en que terminaba se sonar la última de las seis campanadas en el pequeño reloj de pared.
—Y sólo nos queda pintar la enorme luna amarilla —agregó, intuyendo que no venían buenas noticias.
—Es hora de que se bañe, señorita. Basta de sueños, por hoy —dijo la madre, tomándola en brazos, obligándola a abandonar a Ogi, apoyado en el estuche de los lápices, a un lado del mágico cuaderno de los sueños; tan quieto, que cualquiera hubiera jurado que era incapaz de moverse y, menos aún, de soñar.

martes, 15 de septiembre de 2020

En lucha con el cuervo negro

Imagino a S. de pie, frente a la ventana;

enfrentando, sin fuerza, un horizonte que la rehúsa.

Sus ojos infinitos, drenados por un porvenir que no ve,

            que no la ve.

Sus brazos, colgándoles como lianas,

            a ambos lados del cuerpo.

Su lengua quieta, impedida al llanto arcilloso,

que de todos modos brota,

            como si sucediera en otro planeta.

Y, en el fondo de ella, perdido en el amasijo de entrañas,

un corazón que ya no late; detenido de pena,

            del horror de la incomprensión y de soledad.

Sí, ya no hay palabras que crucen la infinitud geográfica;

No hay gesto que cabalgue la brisa salada.

Aún así, supongo,

que llega el sonido,

            apagado como estadio vacío,

abrazado a un lamento pantanoso y antiguo

y logro escucharla.

Proyecto, como en una suerte de sueño, una puerta que no abre.

Tras ella, S. inmóvil,

atragantada por el cuervo azabache que aletea insistente,

picoteando la misma tonada;

justo allí,

en el medio,

tras su nariz afilada,

en la bifurcación del tiempo,

clavado en el universo.

Sin embargo, la pienso serena, esperando, entregada a una suerte

            que no admite tener.

Y entonces desecha -a último momento-, el graznido púrpura del ave.

Un dolor de engranaje le perfora el alma,

la desangra, lento,

infinitamente.

Espero a que llegue el susurro

            (que nunca llega);

invento que tomo su mano fría, invadida de cansancio;

que palpita su cuello, bajo el mechón de cabello oscuro y lacio;

que murmura una canción;

que por fin llora;

que se queda dormida,

justo hasta el mediodía;

hasta que el sol calienta,

hasta que ella sonríe.


domingo, 13 de septiembre de 2020

SOLEDAD

La máquina de escribir rebosa ideas lejanas /
x

ajenas

El espejo apenas devuelve una imagen creíble /

como si la robara /

escondiéndola a la posibilidad de pensarla / 

sustrayéndole cualquier emoción 

Y ahí están mis manos /

esperando no sé qué acción

La comida en la mesa /

en el refrigerador /

en el supermercado / 

a mano /

siempre /

un acto de magia que parece consistir en dar lo que se puede /

pero sin haber pasado por la góndola del amor

Las cortinas ondulantes me arrebatan el equilibrio /

revelan la estúpida enorme soledad que me mata lentamente /

como ese calor de noviembre que lo hierve todo /

Si lloro me siento peor /

y sino lo hago me lleno de furia

La culpa /

al final /

me señala /

como el dedo de un juez

Sólo el agua parece salvar mi corazón de la desesperanza /

dejo que corra mientras permanezco inmóvil /

bajo la eternidad de la ducha caliente /

no por lavarme /

al menos no el cuerpo 

Me duele la ausencia de la pregunta

¿Es simple falta de interés?

Tal vez no saben que sufro /

que estoy solo /

que pienso en la muerte

Quizás no saben qué hacer /

qué decir /

por dónde empezar

Comemos en silencio / 

cenamos en silencio / 

viajamos en silencio / 

vivimos en silencio

somos el silencio

Me hundo en mi pena & 

apenas sobrevivo con alcohol /

marihuana /

durmiendo / 

caminando por una ciudad que no me quiere /

sólo los perros de la calle saben de mi dolor /

pero me enferma ser objeto de la lástima de esos seres también abandonados /

rechazo su consuelo /

me quedo sólo con la pulga hambrienta / 

la alimento

De vuelta /

la mesa está servida /

un único plato aguarda /

las noticias asustan al resto /

ya comimos

            (susurra) /

no llamaste 

            (se excusa) /

Regreso a la máquina de escribir /

a contarle en secreto mi dolor /

convertido en un poema infecto y carente de cualquier talento /

incomprensible /

Algunos signos gramaticales hacen las veces de lágrimas /

y los uso constantemente /

sin razón literaria /

con la esperanza de que alguien sepa que lloro /

que un torrente de dolor me horada las entrañas /

como las esquirlas de una granada /

una página tras otra se plagan de señales /

de gritos de auxilio /

decenas de páginas que nadie lee

Huyo de mí & de todos en lecturas tristísimas /

Onetti / Conrad / Bradbury / Kafka / Pizarnik / Bombal /

eternos escapes a mundos mejores /

aunque no menos dolientes /

Y vuelvo a golpear las teclas de la máquina /

las aporreo frenéticamente hasta desangrarla

No pasa nada

Sólo el amor parece salvarme /

pero estoy demasiado herido para sostenerlo /

y / como con los perros /

alejo a ellos y ellas con distintas razones

pero /

básicamente /

miedo de ser desatendido /

ignorado /

incomprendido /

            (como lo hacen Él y Ella /

            especialmente Él)

con ellas /

seres majestuosos / 

¡oh que suerte he tenido! /

miedo a no ser suficiente /

a no importar :

huyo /

me alejo /

haciendo daño /

para asegurarme de que no regresen /

peor que con los perros

Con ellos /

otra maravilla /

más fortuna / 

simplemente esgrimiendo moralidad & falta de preparación /

convirtiéndolo en algo imposible /

inalcanzable

Miedo / miedo / miedo

Debería hablar /

confesar /

debería pedir ayuda /

debería expresar esto que me carcome por dentro /

debería no tener miedo /

Si no muero es sólo porque también le temo a la muerte

Me siento atrapado /

perdido

Quisiera huir & ya no sé a dónde /

ni cuánto /

pero lo haré /

eventualmente lo haré

Entonces la soledad será completamente inevitable /

más real que nunca & 

el dolor será insoportable &

entonces tal vez muera

Se lo digo a la máquina de escribir /

en un susurro que ella no comprende / 

y sólo surge una poesía fatal y torpe y llena de vacío /

y sólo fluye un montón de tinta /

como sangre / 

que nadie ve /

que nadie entendería /

aparece un yo que tampoco reconozco /

que ni el espejo es capaz de reflejar

Por fin /

el mar me salva /

como siempre/

como el amor /

igual de aterrador

Atardece

El sol se esconderá /

las nubes enrojecerán /

la mayoría dejará de surfear /

y nada de eso presenciaré /

me habré dormido /

dulcemente /

ojalá para siempre

jueves, 19 de marzo de 2020

Tempo

Puedo ver
Detenido tu pecho que implora y teme
El aullido aterrador emergiendo de tus manos heridas
Tu respiración que muerdo hasta hacerla sangrar
Que miro como el niño que olvidé ser
Y sentir azorado el perfume de tu cabello oscurecido de luna
De tierra y de sal
Alargada tu mano
Que me quiere rozar
(Y lloro en silencio / necio)
Pues sé que no lo ha de lograr
El tiempo que afloja / se quiebra y cruje
            Alrededor de mis piernas flacas
Bajo mis pies descalzos
Allí donde muere el flujo incansable de amor y de sangre
Cómo se abren tus labios mudos
Cómo sufren tus ojos yertos
Apenas / la gasa etérea de tu falda flotando en el viento
Y ya nada será otra vez
Salvo en el verso que invente
Para repetirlo todo
Para siempre

domingo, 10 de diciembre de 2017

Grandes momentos

Un taxista de New York escribe lo siguiente:

Llegué a la dirección indicada y toqué la bocina. Después de esperar unos cuantos minutos, toqué otra vez.

Dado que ese era mi último viaje ese día, pensé en irme y listo, pero en cambio estacioné en el parque y fui a la entrada y toqué a la puerta.

“Un minuto”, me respondió una voz débil y anciana. Sentí que alguien arrastraba algo por el suelo. Tras una larga pausa, se abrió la puerta. Una viejita de alrededor de unos 90 años se paró ante mí. Llevaba puesto un vestido estampado y un casquete con un velo enganchado con un alfiler, como si hubiera salido directamente de una película de la década de los ’40. Al lado de la anciana había una valijita de nylon. El departamento parecía como si no hubiera sido habitado durante años. Todos los muebles estaban cubiertos de sábanas. No había ningún reloj en la pared ni utensilios en los armarios. En un rincón había una caja de cartón llena de fotos.

La viejita me preguntó: “¿Me podría llevar la valija al auto?”.

Yo levanté la valijita y volví a la casa, a ayudarla. Ella se apoyó en mi brazo y fuimos caminando despacio al cordón de la vereda. Todo el tiempo ella me dio las gracias por ayudarla. “No es nada”, le dije. “Yo solamente trato a mis pasajeros de la misma manera que a mi mamá le gustaría que la traten”.

“Ay, qué buen chico eres…”, me dijo ella. Cuando subimos al taxi, ella me dio una dirección y me preguntó si podía pasar por el centro. Yo le respondí que por el centro no era la ruta más corta. Ella me miró por el espejo y me dijo: “No importa. No estoy apurada. Estoy yendo al hospicio”. La miré por el espejo. Tenía los ojos brillantes. “Ya no me queda más familia. Y el doctor dice que no me queda mucho tiempo”. Yo en silencio estiré la mano y apagué el taxímetro. “¿Qué ruta prefiere entonces?”, le pregunté. Durante las dos horas siguientes paseamos por la ciudad. Ella me mostró el edificio en el que alguna vez había trabajado de ascensorista. Viajamos por el barrio en el que ella y su marido habían vivido cuando eran recién casados. Después me hizo estacionar frente a un depósito de muebles que años antes había sido un salón de bailes que solía frecuentar de joven.

Varias veces me pidió que viajara despacio cuando pasaba por un edificio en especial o una esquina en particular y se quedaba mirando completamente absorta, sin decir nada. De repente me dijo: “Ya estoy cansada. Sigamos por favor”. Y continuamos viajando en silencio a la dirección que me había dado. Era un edificio bajo, como si fuera una clínica de reposo. Apenas estacionamos, vinieron a recibirla dos ordenanzas que al parecer la estaban esperando. Yo llevé la valijita hasta la puerta. La mujer ya estaba sentada en la silla de ruedas. “¿Cuánto le debo?”, me preguntó, metiendo la mano en el monedero. “Nada”, le respondí. “Pero usted tiene que mantener a su familia”, me dijo. “Tengo otros pasajeros”, le dije. Casi sin darme cuenta, me incliné y le di un abrazo. Ella me abrazó con fuerza. “Le diste a esta anciana unos momentos de alegría. Muchas gracias”, me dijo. Yo le apreté la mano y fui caminando al taxi.

Sentí que detrás de mí se cerró una puerta. Fue como el sonido de una vida cerrándose. Ese día no levanté más pasajeros y seguí conduciendo solo, absorto en mis pensamientos. Durante el resto del día apenas si pude hablar. ¿Qué habría pasado si a la anciana le hubiera tocado un taxista impaciente o enojado? ¿Y qué hubiera pasado si yo mismo me hubiera negado a esperarla y me hubiera ido después del primer bocinazo?


Yo siento que esto fue la cosa más importante que hice en toda mi vida. Se nos condicionó a pensar que la vida gira en torno a “grandes momentos”. Pero muchas veces los grandes momentos nos agarran de improviso. Por experiencia, les digo que conviene estar atentos…

lunes, 31 de octubre de 2016

¿Por cuánto tiempo más?


Me asombra el deseo / el sabor de la nada / que deja amarga la garganta / el camino a quién sabe dónde
Me deshago de este lastre furioso que me retuerce el pescuezo/
Me quejo de lo perdido/ a sabiendas que lo criticarán/ todo pasado fue peor dicen ahora/ y me cuesta enfrentar la mirada de estos buitres que comen desperdicios/
Voy a tus brazos siempre/ creyendo que allí encontraré una paz/ un mendrugo de amor/ la huella de la muerte
Pero paso de largo en la esquina de tu barrio/ chapoteando en los reflejos rotos de unos ojos que ya no están/
Voy de pasada/ me dicen/ apenas me noto/ voy rapidito/ no tardo/ y nadie se presenta/ nadie saluda/ nadie/ nadie/ nadie
He visto morir a las caguamas de manera atroz/ desnudo en medio de playas milenarias/ he visto morir pelícanos en tierras que hoy son de los carteles/
He amado y llorado/ te he tenido y me he ofrecido/ y nada ha servido/
Ahora tus ojos se volvieron grises / oscuros/ han muerto/
Tuve tu mano en la mía/ tus ojos en mi boca/ nos rozamos las existencias por una millonésima de segundo
Y ahora el vacío mata/ empobrece/ y embrutece
No estoy más disponible
Apenas me quedan los estudiantes/
Después/ solo la muerte

domingo, 18 de octubre de 2015

Sueño de libertad


SUEÑO  DE LIBERTAD
Hacían ya cuatro días que Laura soñaba todas las noches el mismo sueño. Uno extraño, que se desarrollaba de distintas formas y terminaba siempre igual: con el convoy de un circo detenido en una encrucijada al atardecer, azotado por una tormenta de arena, en medio en el desierto; y con ella escapando de un lugar oscuro hacia una luz cegadora de tan resplandeciente; todo envuelto en el sonido de su propia voz cantando, transfigurada, como si cantara en otro idioma. Pero de aquella letra nunca se acordaba al despertar. Cada mañana se levantaba más confundida, extraviada, como si aun no acabara de salir de aquel sueño y, sin embargo, cada nuevo día se sentía más liberada, más ella misma, más cerca de la posibilidad de dejar su calvario, la pesadilla que le significaba la vigilia.
-Pareces tonta, chiquilla -le decía su madre, moviendo la cabeza negativamente, desaprobando su estado. -Esta niña parece ida -terminaba diciendo, como para sus antepasados, porque no eran palabras dirigidas a ningno de los allí presentenes, y luego seguía enjuagando una olla o le daba una nueva calada a su eterno cigarrillo mentolado.
El rostro de la muchacha lucía desencajado, ojeroso, demacrado, con un aspecto de insanidad general, que convertía su sencilla belleza en un gesto de olvido y desdicha, marcado por el presagio de una inestabilidad mental, que aumentaba por su constante repetir aquella melodía desconocida, sin poder nunca alcanzar a rememorar las palabras pronunciadas durante el sueño. Aunque ella, secretamente, tenía la vaga intuición de que al descubrirlas, cuando pudiera atraparlas, pronunciarlas, sabría la manera de recuperar su camino, el de la verdadera existencia, aquél de su libertad.
-Deja ya ese tarareo y ándate de una buena vez. Vas a llegar tarde -la correteó la madre, sin levantar la voz, y siempre como si se dirigiera a otro que había dentro de ella, o en alguna parte cercana e inalcanzable a la vez.
Pero la melodía siguió emergiendo de entre sus labios delgados -como por una voluntad propia del canto y no de la muchacha-, arrojada al aire quebradizo de la mañana, machacado por ese sol insolente de octubre, que anunciaba desde temprano que el día sería lento, doloroso y, al mismo tiempo, estéril. Casi inaudibles, resbalaban las notas hasta sus pechos incipientes y desnudos bajo el algodón gastado de su solero floreado, dejando una estela apenas perceptible en el aire, como si se tratara de un perfume más que de un sonido, como si en definitiva no terminara de abandonar a la chiquilla y esa aura desprotegida y apagada que la constituía, y se quedara revoloteando muy cerca de su piel, que olía ligeramente a tierra y a sangre seca. Sólo cuando caminaba por la calle principal, los ojos entornados, clavando en la arena la gruesa suela de aquellos bototos viejos, una talla más grande que sus pies sin calcetines, imprimiendo ligeras huellas que se evaporarían pronto, dejando una diminuta nube de polvo en el aire, volvió su mente a este mundo, el alma a su cuerpo; probablemente tironeadas por el crujir sordo de las cadenas del letrero de la carnicería, que se balanceaba empujado por el viento majadero de aquella hora. O muy seguramente, un instante más tarde, casi inmediatamente después de abrir la destartalada puerta de tablas resquebrajadas que separaba la carnicería del cobertizo; cuando oyó sin escuchar:
-Llegas tarde –casi al mismo tiempo que su pie derecho se posaba sobre la tierra suelta de ese piso oscurísimo y sin que aun hubiera logrado acostumbrarse a la penumbra del zaguán.
Dos palabras dichas serenamente, pero que retumbaban en su espíritu como un par de lobos gruñendo en la oscuridad, pues ya sabía lo que ellas significaban. Dos sencillas palabras que la detuvieron en seco. Sabía que no debía responder y no lo hizo. En cambio, tragó saliva, como quien se arma de valor, mientras sus ojos trataban inútilmente de acostumbrarse a la oscuridad, pues era imposible saber si el dueño de aquella monótona voz se encontraba junto a la puerta o en el fondo de aquella madriguera mortal. Por entre las rendijas de las viejas maderas se colaban unos rayos de luz disparejos que hacían todavía más difícil ver allí dentro. Sólo cuando los tres animales se movieron de manera desigual, Laura logró distinguir sus siluetas: el porcino y el vacuno balanceándose sincopadamente en sus respectivos ganchos; mientras que la del carnicero, más sosegada, sólo se adivinaba por su respiración ligeramente agitada y porque sólo un segundo antes había blandido el cuchillo que usaba para destazar, y su corta hoja puntiaguda brilló apenas un instante en el espeso aire maloliente, en el centro de aquel lugar. Todavía sostenía con su mano el picaporte redondo, aplastado, como una manzana silvestre, y mantenía el pie izquierdo sobre la madera sin pulir ni encerar de la carnicería, apenas doce centímetros más arriba y medio metro más atrás que el otro pie. Podía adivinar los ojos lascivos de su jefe escudriñándole su figura casi infantil traslucida bajo su delgado vestido floreado contra el rectángulo de luz grisáceo de la puerta. Se ruborizó. Mas debía esperar la orden de aquel hombre para moverse. No obstante, devolvió su pierna izquierda junto a la derecha, sobre el peldaño, adivinando, con esa intuición sólo femenina, que con ello daría paso a otro momento, reactivando el tiempo. Entonces, efectivamente, lo escuchó decir:
-Lava el piso y la mesada. Hoy habrá mucha gente: llegó carne fresca.
Pasadas las tres, ya se había retirado el enjambre de clientes, dejando sólo al de moscas, inagotable, revoloteando en toda la carnicería: sobre el mesón; sobre cada partícula de carne adherida a la madera en minúsculos puntos, transformados en una delgada capa de cadáver; entre los restos de grasa sin brillo, al fondo y al borde del basurero, ahora vacío; alrededor de la oreja y el ojo del cerdo, que miraba hacia un punto indefinido de la ventana, más allá del visillo sucio de caca de mosca y polvo que lo cubrían, filtrando a medias la inclemencia solar; entremedio de sus pezuñas definitivamente quietas de los animales yertos. De la vaca, sólo quedaban, ya envueltos en papel de diario, listos para llevar, los pedazos de Laura, o mejor dicho de su madre, y del carnicero; separados por la botella de pisco a medio vaciar, propiedad de aquel hombre torvo, transpirado y más bien obeso. La joven suspiró aliviada. Esbozó una ligera sonrisa, cuidando de esconderla al patrón; el día laboral estaba por terminar. Y aunque no había tenido ni un solo minuto para recordar su sueño y menos para fantasear con él, para intentar recuperar la melodía esquiva, prefería cuando los días eran cortos y podía retirarse temprano, casi siempre a vagar por las afueras del pueblo, cerca de la barranca que algún día debió terminar en un pequeño arroyo, en cuyas riberas habría alguna vegetación y quizás hasta ciertos animales, pero que ahora era sólo una cicatriz en el suelo muerto, en medio de la nada. Se deshizo del delantal, doblándolo cuidadosamente y dejándolo una vez más inerte, sobre la tabla, bajo la mesada; allí donde estaba el cajón con el dinero de las ventas que, esa mañana, habían sido abundantes. Un movimiento que ahora hacía de memoria y con una rapidez sorprendente y precisa, como el ataque de un espadachín, porque no le gustaba agacharse allí ni un solo instante, tal vez por haber sido ese preciso acto insignificante e ingenuo, el que la expusiera la primera vez a la brutalidad de aquel hombre repugnante y miserable. Se lavó las manos y cuando estaba a punto de tomar el paquete con la carne que el carnicero mandaba de regalo a su madre cada vez que llegaba carne al pueblo, el hombre, con sus manos aun llenas de animal muerto, la tomó por la muñeca con una fuerza desmesurada, haciéndole sentir una punzada que le electrificó hasta el codo. La miró cruda y directamente a los ojos, y le recordó su atraso de aquella mañana.
-No tan rápido, Laurita. Ahora debes quedarte un poco más. Te necesito. Ya sabes lo que me gustas después de cortar tanta carne fresca –agregó, a modo de explicación.
El rostro de la joven de inmediato se ensombreció, dando la sensación de que iba a llorar, o a vomitar, pero sus ojos no derramaron ni una sola gota y su boca permaneció cerrada.
Media hora más tarde y habiendo el hombre hecho lo que se le antojó con la muchacha, ésta salió de la carnicería, como lo hacía un par de veces a la semana: triste, cabizbaja, ausente de sí misma; con el paquete de kilo y medio de carne fresca de vacuno colgándole de una mano; y los cordones de los zapatos desatados.
Un remolino de tierra se levantó en el momento en que la chiquilla entraba a su casa. Se detuvo y lo miró por un instante, como quien mira a un fantasma, luego, entró y cerró la puerta tras de sí, sin hacer el menor ruido, empujándola contra el viento del final de la siesta.
-¿Eres tú, Lauri? –preguntó la voz de su madre, desde un dormitorio.
Laura dejó caer el paquete sobre la mesada de la cocina, espantando a una pareja de moscas que se perseguían incansables sobre el flexiplast de color rojo, en una danza extraña y aparentemente infinita. Bebió agua directamente de la llave del lavaplatos y, como si el estanque de su cuerpo hubiere estado vacío y ahora se rellenase, lloró en silencio con grandes lágrimas que recorrieron sus resecas mejillas de adolescente, medio rosadas, medio tostadas, hasta caer sobre los viejos tablones del piso, uniéndose al polvo recién llegado y huyendo de la parafina con que se trapeaba la madera sin pintar.
-¿Eres tú, hija? –insistió, la mujer.
Secó sus lágrimas con el antebrazo desnudo, dejando una marca gruesa y desigual de barro sobre la piel y sus diminutos bellos dorados y sorbeteó, silenciosa, unos mocos que casi no se habían alcanzado a formar.
-Sí, mamá, soy yo. –su voz pareció la de una mujer vieja, cansada y enferma.
Hacía ya un rato que el sol había cruzado la línea del horizonte, desapareciendo tras las extensas dunas desiertas del poniente, en dirección al mar, mucho más allá de lo que ella conocía de verdad. En sólo unos minutos, el pueblo sería apenas un recuerdo en la memoria de sus habitantes, o tal vez, simplemente, dejaría de ser por algunas horas; las mejores para Laura, aquellas en donde podía verdaderamente ser libre, aquellas donde soñaba, esas horas en que no sentía miedo, ni pena, ni asco, esas horas en que la rescataba su melodía, las imágenes de su salvación, la posibilidad de una vida mejor.
Una brisa suave y fría se levantó, despertando de su sueño a la muchacha que había estado todo ese tiempo mirando la huída del sol, como hipnotizada.
-Ya ven a comer -gritó su madre, desde la cocina, casi junto con el susurro del viento.
-Llévame contigo –murmuró Laura, a la melodía que había estado entonando nuevamente, en forma casi inconsciente, con una voz dulce, sin dejar de mirar el horizonte, ahora ya casi oscuro.  Y, por un brevísimo instante, todo se detuvo, como si se hubiera hecho un vacío en la existencia, como si el tiempo hubiera tomado un minúsculo descanso. Nada en absoluto se movió, excepto la imagen de la rueda de un monociclo, en la mente de la jovencita.
A la mesa rectangular, ya estaban sentados un hombre de unos cincuenta años, a medio camino de la calvicie, algo gordo, con el rostro desencajado por el exceso de alcohol barato y los cigarrillos sin filtro; frente a él, un muchacho de unos diez años, cuyo rostro, perfectamente pálido, hacía recordar el de jóvenes con enfermedades pulmonares; y a quien parecía pesarle tremendamente la cuchara que colgaba de sus dedos, como si no fuesen capaces de sostenerla, debiendo apoyar la mano sobre la mesa. Y entre éste y aquél, en su parte más angosta, todavía acomodándose en su silla, la madre, una mujer de edad indescifrable, que terminó en ese momento de servir el plato del hombre y se lo alcanzó. Al recibirlo, torpe, derramó parte del jugo de la carne recién frita, agregando una nueva mancha al mantel a cuadros verdes y blancos, justo a un lado del agujero, ahora ya desflecado, que dejaba ver la cubierta de la antigua mesa de melamina, también roja.
-Te vas a quedar ciega mirando el sol de ese modo, chiquilla; ya te lo he dicho, pero tú como si nada -le dijo la mujer, sin mirarla, chupándose el índice mecánicamente, calculando la nueva mancha, con resignado desprecio hacia aquel hombre que ya no amaba.
En lugar de sentarse en su puesto entre los demás, Laura siguió de largo y se apoyó en el lavaplatos, jugó un instante mojándose el dedo índice con la gota que colgaba del borde de la llave mal cerrada, y luego, llenó un vaso con agua y lo bebió, sin dejar de mirar al niño que intentaba, desesperada e inútilmente, llevarse una cucharada de arroz blanco apelmasado hasta la boca.
-¿No vas a comer? –preguntó la madre, colocando un plato en el puesto de la joven, justo en el otro extremo de la mesa.
-Ya sabes que no me gusta la carne –dijo ella, acercándose a darle en la boca al niño, que agradeció su atención con una sonrisa desencajada e incontrolada, evidenciando su discapacidad.
Los cuatro compartieron en el relativo silencio que permitían el desagradable sonido que producía el hombre al masticar con la boca abierta, y el susurro del viento, más allá de los límites de la casa, donde el mundo se había convertido en un agujero negro insondable.
-Mamá, ¿alguna vez te acuerdas de tus sueños? –preguntó, repentinamente, la muchacha.
La madre la miró apenas un segundo y luego al hombre que, como en una especie de batalla personal, continuaba mordisqueando su pedazo de carne.
-¿A qué sueños te refieres? –preguntó la mujer, sorprendida, mirándole ahora una parte de la espalda y la pantorilla, delgada y desnuda, que la joven acariciaba con su pie descalzo.
-Los que tienes cuando duermes. –respondió la muchacha, como si fuera obvio, como si no hubiera o no conociera otra posibilidad.
La mujer la miró desilusionada, casi con desaprobación.
-Ah -murmuró, como para sí misma y con un dejo de desaesperanza-. No recuerdo cuándo fue la última vez que soñé. –sentenció seca y desinteresada, recogiendo con su tenedor una porción diminuta de arroz y ensalada, que había caído sobre el mantel, aun lado del plato del muchacho.
Volvió el silencio, como un vacío que lo envolvió todo.
Cuando terminó de tragar, el hombre se sonó, pasándose la manga de la camisa por la nariz y luego, continuó batallando con su alimento, en su diminuta y personal guerra mundial. La muchacha lo miró hacer, como quien mira la televisión.
-Alguna vez tuve sueños –confesó la madre, con una voz triste. –Pero ya no los recuerdo –agregó, mirando a su marido, como si en el fondo de su corazón lo culpara a él de ello.
El hombre atacó una vez más su trozo de carne, recomenzando su lucha.
-Mamá, ¿tú crees que un sueño te salve, como un milagro? –insistió la joven, mientras le limpiaba una mancha de grasa de la boca a su hermano, moviéndole la cabeza desmedidamente, como si el cuello de aquel niño no tuviera musculatura.
Sin mirarla, la mujer largó una carcajada destemplada que llenó toda la habitación, probablemente la noche, allá afuera; una carcajada que se alargó, convirtiéndose en risa y que pareció crecer -como un mal signo- sorprendiendo incluso al muchacho, que se atoró con su saliva y comenzó a babear. El hombre, con una torpeza que denotó su implacable embriaguez y abstracción, aprovechó el instante, para sacar el pedazo de carne del plato de Laura y dejarlo en el suyo, salpicando de jugo y grasa otra parte del mantel. El cuerpo de la madre se agitó, en convulsiones cada vez más histéricas, hasta que de pronto cesó, tan súbitamente como se había iniciado, sólo quedándole un imperceptible jadeo al hablar.
-Míralo. Míralos… ¡Mírate! –dijo la mujer, con una voz triste, como si de pronto un inmenso cansancio la hubiera invadido por completo-. ¡Tal vez en otra parte. Aquí, evidentemente, no ha ocurrido!
-A veces, los sueños, requieren más que… -quiso intervenir el hombre, con una voz aguardentosa y la boca aun llena, pero fue interrumpido por una tos repugnante que casi lo bota de la silla. Todos, menos el niño, le miraron asqueados. Laura, terminó por alejarse de la mesa, dejando a su hermano frente al plato, aun lleno de comida.
-Escucha a tu padre –ordenó irónica la madre, al verla alejarse y sin pretender ayudar al hombre, que parecía que moriría de asfixia. -Tal vez él pueda ayudarte a conseguir el tuyo –concluyó.
Pero la joven ya había abierto la puerta de calle y había salido de la casa, a la oscuridad, al frío, al infinito negro del desierto.
Una melodía sencilla y alegre, dio paso a la rueda de un monociclo girando sobre sí misma en un espacio neutro y ambiguo, sus rayos plateados brillaron, produciendo un efecto de movimiento invertido; la vieja mano tatuada de un hombre anciano, tomó la de un niño o niña y la levantó hacia una nada, al infinito oscuro y silencioso, haciéndola desaparecer; un candado viejo y oxidado, se sacudió sobre una aldaba no menos enmohecida, produciendo un tac, tac, tac, completamente arrítmico; un muñequito de trapo, vestido de arlequín, que colgaba de un espejo retrovisor desde un resorte, se mecía rítmicamente frente al parabrisas lleno de tierra de un vehículo que avanzaba; una mano de niña, alisó el tutú que alguna vez fuera celeste, sobre su muslo delgado, sin medias, dejando ver por un instante sus rodillas, apenas heridas con diminutos raspones aun frescos; la letra de la canción, pronunciada con esa voz desfigurada aunque reconocible, se abrió paso entre el viento antiguo de la pampa, mezclándose con el ruido de los motores y las carrocerías destartaladas, que parecían estar aun muy lejos; y luego, en una habitación iluminada por velas, en una de cuyas paredes se podía apreciar un espejo al que habían adherido una serie de fotos antiguas en el marco pintado de blanco, y junto a las que se reflejaba una peluca de cabello negro sintético, que estaba sobre un modelo de plumavit, bastante sucio, que descansaba en el tocador, repleto de chucherías y maquillajes, de potes y papeles, de collares y cepillos de pelo, muy pegada a un cigarrillo que humeaba, olvidado, en un viejo cenicero de viaje, que probablemente nunca se había limpiado. El convoy de tres camiones, dos camionetas,  dos casas rodantes y un sedán antiguo, se detuvo lentamente hasta llegar a la encrucijada, bajo la luz dolorosa del mediodía, en mitad del desierto, dejando una extensa columna de tierra tras de sí. La luz amarilla del intermitente derecho del vehículo líder, parpadeó, envuelta también en el polvo que el viento de la pampa revolvía, con la misma imprecisión errática de aquella caravana casi fantasmal, detenida en el cruce de dos caminos que parecían no venir ni conducir a sitio alguno. Los pies descalzos de una muchacha, corrieron desesperadamente, enterrándose en la tierra suelta de un suelo oscuro, apenas iluminado por haces de luz diurna; Laura chocó contra los cuerpos muertos de los animales que colgaban en aquel cobertizo insalubre, resbaló y cayó, llenándose la cara de esa tierra ennegrecida; desesperada y a toda prisa, volvió a incorporarse y continuó corriendo; entonces, su antebrazo fue cortado por la afilada hoja del cuchillo de destazar que sostenía la mano ya ensangrentada del carnicero; hilos de sangre fresca se regaron por el suelo, dejando un denso rastro, casi ininterrumpido, en la tierra reseca; la muchacha se lanzó con todas sus fuerzas contra una de las paredes del cobertizo y el peso de su cuerpo, aunque ligero, fue suficiente para partir las tablas, permitiéndole caer al exterior, a una luz tan cegadora, que era imposible saber a dónde. La joven despertó asustada y jadeante. Al abrir los ojos, se encontró de frente con los de su madre, que la observaba en silencio, sentada en el borde de la cama; vistiendo un sombrero de color verde seco con velo abierto y un traje de noche antiguo y elegante del mismo verde, y en uno de cuyos tirantes ostentaba una flor blanca y tersa como una diminuta Cala; con una mano sobre el regazo y la otra sosteniendo un cigarrillo con filtro, recién encendido. Las dos se miraron por un largo momento, como si no se conocieran, del mismo modo en que se mira una aparición; hasta que por fin la madre se puso de pie y sin dejar de mirar a su hija, fue retrocediendo hacia la puerta y terminó por abandonar la habitación, que volvió a quedar a oscuras, como si ella tuviera una luz propia.
Ambas mujeres despertaron, cada una en su respectiva cama, cada una asustada de haber visto a la otra, cada una confundida, cada una tratando de recuperar la melodía que habían escuchado en el sueño, el sueño de Laura.
Algunas horas después, casi justo con la salida del sol detrás de aquellos cerros achatados por los vientos, cuando Laura tiraba el agua de la palangana en la parte trasera de la casa; mágica y tan sorpresivamente como habían empezado los sueños, surgieron de su boca, llenándola, y llenándole el espíritu, rozándole la piel y deslumbrándole los ojos, estallando como fuegos artificiales en sus oídos, cayendo tan sonoramente como el agua que acababa de lanzar a la arena del desierto, las palabras inalcanzables, aquellas esquivas palabras que no se dejaban aprehender de ninguna manera, ahora cristalinas y suaves y perfectamente identificables. La muchacha, primero casi se asustó, pero en cuanto las frases siguieron saliendo al aire esquivo de aquella mañana recalentada, comenzó a saltar sin dejar de cantar, sin dejar de repetir aquel verso, esa guía por fin encontrada, con su significado misterioso, pero perfecto a la vez, en ese idioma que ahora no tenía nada de desconocido y que le venía como un legado, como una iluminación y que, por si fuera poco, podía recordar:
“Si estás, escondida allí atrás, en la dulce espera de un ángel, de tu propio disfraz. ¿Por qué no soñar? ¿Por qué no aspirar a que venga por ti? Un carruaje singular, fantasía juglar, no la dejes pasar. Si has estado esperando por los siglos, verás, una estela llegar y su magia será, para ti el inicio de un mundo de sueños y una vida sin igual.”
Un día después, envolviendo al pueblo en una enorme nube de polvo, ansiedad, sorpresa y temor, el Circo Fantasías, entró a la localidad, cruzando con su convoy por la calle principal, deteniendo a todos y a todo, como si alguien sujetara las mancillas de los relojes. Los rostros de cada hombre y mujer, de cada niño y niña fueron testigos de esos otros rostros cansados, diferentes, extraños, que revelarían ante sus ingenuos y aburridos ojos, nuevos destinos, mundos fantásticos, verdades escondidas en el ámbito lúdico y recreativo y mágico de su pequeña carpa, en el lado norte, junto al cerro Abandono, protegidos de los vientos y la arena del desierto, la tarde siguiente.
-¿Podrías quedarte? -le escuchó decir al carnicero, con una voz apagada, diríase atormentada, como si en cierto modo estuviera pidiendo perdón, no tan sólo por la última vez, sino por todas las veces y hasta por esta misma, que aun ni tenía lugar. -Sólo quisiera que comiéramos un pastel… -y la muchacha alcanzó a detener un “Pero…”, que ya había detonado en su cabeza, justo antes de que resbalara -astuto- hacia su garganta y saliera despedido, cual conejo asustado, por su lengua, a través de sus dientes, para ser finalmente escupido por sus labios partidos y llegara a los oídos de su jefe que la requería nuevamente; en el preciso momento en que el convoy pasó frente a la ventana, llamando la atención de ambos, y los dos pudieron leer claramente y a pesar del visillo: “Circo Fantasías”, escrito con mucho arte en el costado de uno de los camiones; y el mismo carnicero, olvidando momentáneamente su perversidad y postergando su solicitud, se acercó hasta el vidrio sucio y descorriendo la empolvada cortina, fue también testigo, sin saberlo, del sueño de la chiquilla hecho realidad, de la llegada de su oportunidad de conocer el mar, lejos, muy lejos de allí, muy lejos de él.
Fuera de sí, Laura corrió hasta la puerta y la abrió de par en par, dejando entrar una bocanada de polvo y olor a violetas recién cortadas, y vió a los camiones y camionetas, como si fueran un gigantesco gusano colorido, hacia lado y lado de la calle principal, flotando mientras su rostro se iluminaba devolviéndole la sangre a sus labios, a las mejillas, y el brillo a sus ojos, que volvían a ser felices, después de tanto tiempo. Aun incrédula, se llevó las manos a la boca y la cubrió por un momento para luego, lentamente, dejarlas caer, al mismo tiempo que se mordía el labio inferior mecánicamente, sonriendo, medio aturdida, a punto de estallar de risa, como la chiquilla que realmente era y siempre había sido.
-Hoy no puedo. Lo lamento. Tal vez… –alcanzó a gritar, y sin medir consecuencias, repentinamente liberada, sin miedo y hasta sin respeto, salió corriendo hacia su casa, con el delantal todavía amarrado a la cintura y los cordones de los bototos muy atados.
Desde su ventana, el carnicero la vio alejarse, echa una loca, en dirección opuesta a los vehículos del circo, y le pareció más bella que nunca, como un muchachito, pero no tuvo más remedio que quedarse mirando el último camión del circo, en el que iba una mujer barbuda y gorda, con los brazos descubiertos y una sonrisa de dientes perfectos, que le miró desde la ventanilla de la cabina hasta desaparecer en la nube de tierra que la caravana había levantado en la calle principal; mientras que de alguno de aquellos vehículos escapaba, apenas audible, una melodía completamente desconocida para el carnicero:
“Si estás, escondida allí atrás, en la dulce espera de un ángel, de tu propio disfraz. ¿Por qué no soñar?...”
Sin cerrar la puerta, la muchacha entró como una tromba y se encontró de frente con su madre que la miraba, casi del mismo modo que lo hiciera en el sueño, como si no hubieran despertado desde entonces. Se detuvo en seco, primero sorprendida y luego asustada. El cigarrillo de su madre estaba humeando sobre las tablas del piso, como si sus dedos sin fuerza lo hubieran dejado caer allí; sus dos brazos colgaban a los costados del cuerpo, como hilachas y solo el pelo y su vestido se movían empujados por una repentina brisa que parecía haber entrado junto con la muchacha. Así estuvieron dos minutos enteros, una frente a la otra, como en un duelo, la joven todavía jadeante y la madre como un fantasma. Por fin, la muchacha reunió el suficiente valor para romper el hechizo.
-Mamá… -alcanzó a hilvanar, pero de inmediato fue interrumpida por el trueno de la voz materna, que sin embargo no gritaba, ni siquiera hablaba realmente fuerte.
-¡Ni se te ocurra! Te necesitamos aquí. Tú bien lo sabes.
-Pero, mamá, sólo quiero ir al circo. Todo el pueblo estará allí.
-Menos tú. –sentenció, severa y se dio media vuelta, dando por terminada la discusión.
La muchacha salió corriendo a su habitación y se encerró a llorar, tirada sobre la cama, hundido el rostro en la almohada de espuma plástica picada, ahora apelotonada y dura.
Laura y su madre se columpiaron sonriendo, cada una en su trapecio, sobre las cabezas de un numeroso público que se reunía alrededor de una pequeña pista de arena, demarcada sencillamente con un redondel de plástico rojo y celeste. Ambas vestidas de malla color violeta oscuro, con sus cabellos tomados en firmes “tomates altos”, amarrado con una cinta gruesa de brillos dorados. Sus cuerpos iban y venían en el aire viciado por el humo azuláceo de los cigarrillos, en la parte alta de la carpa, también roja y celeste; iluminados por seguidores de luz blanca, lo que las hacía contrastar y destacarse en el firmamento circense, relativamente oscuro; saludando a la multitud, con una mano en alto y una sonrisa amplia y perfecta, como sólo lo hacen las artistas de calidad; yendo y viniendo, para conseguir el vuelo necesario, para atrapar la completa atención de todos allá abajo; hasta que dejaron caer sus cuerpos al vacío, sujetándolos con las piernas, como a último momento, en las barras de los trapecios, consiguiendo una breve y repentina agitación de los presentes, que tal vez imaginaron una lamentable caía. Dándose cada vez más vuelo, en cada nuevo impulso, parecía que las manos de las mujeres lograrían encontrarse, o al menos rozarse, hasta que por fin, Laura se suelta, lanzándose al aire, con dos giros perfectos de su cuerpo echo un ovillo, pero su madre, increíblemente y ante la sorpresa y conmoción de todos los presentes, vuelve a sentarse en el trapecio, saludando a la concurrencia, en el instante preciso en que las manos de la niña demandaban las suyas, dejándola caer a su suerte desde la altura, ante la incredulidad y el “Aaaaah”, descorazonado, de un público angustiado.
La joven despertó aterrorizada y sin oxígeno en los pulmones, pero todavía en su cama; la almohada y el cubrecama, completamente mojados. Cuando trató de levantarse, advirtió que tenía un pie amarrado a la pata de la cama con un cordel suficientemente largo para que pudiera moverse, pero demasiado corto para salir de la habitación. Pudo adivinar que el último rayo de sol se estaría poniendo en ese mismo instante tras el horizonte de un mar que desconocía, al que jamás había ido, pero que podía imaginar más allá de las dunas, ondulante y movedizo como éstas, frío y azul, como su pena. Abrió la puerta de su habitación y le gritó a su madre, a su padre, a su pequeño hermano, pero nadie respondió; estaba completamente sola en aquella casa y seguramente así estaría hasta que el circo se hubiera ido. Le gritó a su madre que deseaba que se muriera y que jamás la perdonaría; le gritó también que prefería morir a seguir allí, en esa familia que no la quería. Los odió a todos. Volvió a llorar, todavía jadeando, y susurró, entre mocos y convulsiones, que quería morir, que no quería que la siguiera tocando ese animal, que quería ver el circo, que era verdad, que quería irse con ellos, que prefería unirse a ese circo, porque representaba su única manera de salir de la pesadilla en que la habían abandonado, porque ellos le permitirían recuperar la fe y su felicidad.  Por primera vez en su vida, se sintió verdaderamente desolada, triste y sin amor. Por primera vez en su vida, deseó, con toda su alma, que el Señor se la llevara. Extendió su brazo casi sin fuerza, para empujar la delgada hoja de la puerta y ésta encajó en el marco, produciendo un suave crujido seco al cerrarse; luego, se dejó caer sobre las tablas sin asear y, una vez más, lloró, en silencio, para sí misma, con infinita tristeza, llena de amargura.
Mucho más tarde, cuando el cansancio del llanto y la pena la habían obligado a echarse en la cama, recostada sobre sus costillas, de cara hacia la pared, las manos juntas bajo el rostro, los ojos abiertos y fijos en la imagen mil veces repetida del convoy del circo cruzando la calle principal, escuchó entrar a su familia en la casa; los escuchó contentos, risueños, todavía comentando los distintos actos de magia y trapecismo, de malabarismo y acrobacia, todavía sorprendidos y alegres, por el mago y los payasos, como si el circo les hubiera devuelto la luz y el sentido a sus vidas, pobres y deshechas, insignificantes. Laura no se incorporó en la cama, mantuvo la misma posición, sólo prestando atención a la algarabía de la cocina, al silbido de su padre, a los gimoteos de su hermano, a los por favor esto y gracias por aquello, de su madre; toda una nueva serie de sonidos y palabras que no se escuchaban en aquella casa desde que ella era una niña pequeña, con la mitad de años que ahora tenía su hermano enfermo. Sintió una amargura inmensa que le hundió el pecho y le revolvió el estómago; una desolación oscura y dolorosa que le recorrió la piel de la cabeza hasta los pies, instalándose por fin, pesadamente en sus huesos, en la médula, como un veneno. Deseó más que nunca morir, y se lo pidió al Señor, a la Virgen, en un susurro incomprensible que se derramó de su boca, como una especie de vómito involuntario, fétido y agrio.
La puerta del dormitorio se abrió de golpe y apareció su madre, con una sonrisa imborrable en el rostro, una mueca que le hacía mostrar unos dientes amarillentos y torcidos y que le daban un aspecto cruel, irreconocible. Sostenía con ambas manos una bandeja plástica sobre la que había dispuesto una serie de ensaladas y un trozo de pan, un vaso con agua y ¡uvas!, un enorme racimo de uvas rosadas, de granos grandes y tersos y brillantes como no había visto en años, como no los había comido nunca. Laura continuó en su posición, sin moverse, sin siquiera respirar, sólo aguardando, como un animal atrapado, como una bestia que espera el momento para saltar sobre su presa y exterminarla, ante la posibilidad de morir.
-Debes entender… él ya no me quiere a mí, Laura… si yo pudiera… si tan sólo yo tuviera una posibilidad… Debes comer. Te traje uvas, uvas rosadas… ¿recuerdas..?
La mujer avanzó unos pasos hacia el interior de la habitación apenas iluminada por el resplandor amarillento de la pieza contigua; dejó la bandeja en el suelo y metió su mano derecha en el bolsillo de su vestido dominguero, extrayendo una paleta de dulce, redonda y colorida.
-Te traje una paleta de dulce, de colores, de esas que vimos una vez en esa vieja revista…
Se agachó y la dejó junto a las otras cosas, sobre la bandeja.
-Debes comer… Hablé con él, también estaba allí… en el circo. Le dije que estabas enferma, que estabas con fiebre, que pronto estarías mejor… Que en uno o dos días volverías… Que no debía preocuparse…
El rostro de Laura se volvió dulce; su tristeza desapareció bajo un manto de tranquilidad luminosa y de sus labios brotó, sin ningún esfuerzo, la melodía y la letra, recién descubierta.
Entonces, con mucha calma y sin dejar de mirar a su madre con infinita compasión, tomó sus manos entre las propias y permaneció tan quieta y serena como si estuviera a punto de nacer.
El sol había desaparecido mucho antes tras las dunas, bajo el horizonte; y ahora se recortaban perfectas, como líneas oscurísimas sobre un cielo también negro, los cerros hacia el oriente. La melodía que brotaba de los labios y la mente de Laura, primero como un indescifrable susurro, se fue expandiendo, se alejó, hacia las otras habitaciones, hacia el desierto, hacia el mar, hacia la cordillera, muy lejos; como si una delicada brisa sin polvo ni mácula se la llevara, como a las semillas, como a la esperanza, esa melodía que representaba la convicción de que aun estando prisionera, era libre, completamente libre.